El campo de batalla electoral entre las dos derechas que se disputan la primogenitura en Extremadura ha quedado circunscrito a la tradición. Se trata de una carrera de pepé y vox para mostrarse ante el electorado como más costumbrista y enraizado que el otro. En esta carrera estúpida se niegan dos rasgos básicos de la condición humana porque la costumbre es repetición y niega la creatividad y la innovación, que hacen que la vida sea más apetecible y promisoria. Y en cuanto a las raíces, el ser humano no es una encina ni una mata de nabos.
Esta vuelta a lo ancestral se manifiesta en unos pocos tópicos que no dan de comer a nadie. Ni viviendas, ni empleos, ni educación, ni servicios de bienestar social. Quiá, eso es woke. frente a lo que nuestras derechas oponen la caza sin titubeos [sic], cuando hace decenios que las perdices que sirven de blanco son de granja; el toreo subvencionado con un altar votivo esmaltado de estampitas y dedicado a Morante de la Puebla, y la libre expresión de la vida rural sin burocracias que la coarten. Volvamos, pues, a la matanza del cerdo sobre una banca de madera en el patio de la casa solariega con su barreño de sangre y sus mondongos y torreznos, que se reparten entre los mirones del pueblo mientras se guarda lo más exquisito para casa. Aunque debemos cuidarnos de que los vecinos musulmanes no sacrifiquen el cordero en su fiesta porque representa una amenaza a nuestra identidad cultural. Cerdos sí, corderos no.
Los periodos electorales son aciagos para los políticos porque se ven obligados a sumergirse en un teatrillo con encuentros programados con paisanos y paisanas, en los que fingen cercanía y hermandad con el buen pueblo pero que resultan completamente ridículos, tanto más si el marco del encuentro es el mundo rural porque los políticos españoles son urbanitas que saben del campo y sus gentes lo que leen en las etiquetas de los envases que compran en el supermercado. En esta remota provincia subpirenaica donde el espárrago tiene denominación de origen aunque se cultive en Perú o en China, hay un dicho para manifestar el aprecio de la calidad del fruto: los espárragos de abril, para mí; los de mayo, para el amo; y los de junio, para el burro. Recuerdo habérselo oído hace tres décadas a la presidenta del gobierno regional, doña Barcina, para demostrar lo mimetizada que estaba con el paisaje rural y las sonrisas de aquiescencia de quienes la rodeaban. A veces, el aprendizaje de la política se encuentra en estas mínimas lecciones del folclore local.
En esta inmersión en las raíces, doña Guardiola, la candidata probablemente vencedora en las elecciones extremeñas, asistió el pasado día siete en Jarandilla de la Vera (Cáceres) a la procesión que tiene el estimulante nombre de los escobazos. Pocas bromas con esta fiesta dedicada a la inmaculada concepción y declarada de interés turístico nacional. La celebración consiste en que los participantes se atizan –amistosamente, desde luego- con haces de retama a modo de escobas a los que han pegado fuego y que portan encendidos mientras acompañan la procesión formando un cuadro de llamas, cánticos y espíritu etílico. Y si en la víspera de la purísima fueron los escobazos, al día siguiente, fecha de la celebración, doña Guardiola asistió a misa en Puebla de la Calzada (Badajoz) y luego procesionó junto al cura tras la imagen de la virgen madre de dios, que es sinónimo, en sus palabras, de fe, cultura y tradición. Y que lo diga.
Lo menos que puede decirse de estos rituales tribales como señuelo político es que están a mil años luz del propósito de don Rodríguez Ibarra, el padre de la autonomía extremeña que estuvo veinticuatro años (1983-2007) al frente del gobierno regional. Este prócer insistía en que los escolares de primaria debían ser dotados de ordenadores y ambicionaba el proyecto de que Extremadura se convirtiera en la pionera española de lo sociedad de la información y llevaba sus ensoñaciones al punto de considerar la necesidad de poseer un sistema operativo propio y distinto al entonces omnipresente Windows sustituyéndolo por Linux.
Probablemente, esta ambición de don Rodríguez Ibarra ya se ha cumplido y los escolares extremeños tienen, no solo ordenadores sino otros artilugios más sofisticados que les tienen sorbido el coco. Lo que no pudo sospechar este visionario es que la sociedad de la información pudiera derivar no en más conocimiento sino en creencias y rituales que ya eran una antigualla en tiempos de nuestros bisabuelos.
Ayyyy la tradición !!!
La tradición sí. Porque no?
Pero siguiendo aquel sabio consejo de que el mundo pertenece a los que quieren saber lo que hay detrás de esa colina y de lo que hay debajo de las enaguas de las mozas.
Hoy, en nuestro contexto feminista, diríamos también que lo que hay detrás del pantalón de los mozos.
No sé si es políticamente correcto. En fin, ahí queda..