El quincuagésimo aniversario de la muerte de Hannah Arendt, el pasado 4 del mes corriente, ha proporcionado un destello de actualidad mediática a esta filósofa, quizá la más citada aunque no necesariamente la más leída desde la segunda mitad del siglo XX. Al autor de estas líneas la onomástica le ha dado ocasión de revisar un par de documentales sobre el juicio de Eichmann, disponibles en plataformas, y volver a leer los párrafos que tiene subrayados en su volumen de Eichmann en Jerusalén, el libro más divulgado de Arendt donde se formula la noción de la banalidad del mal.
El contexto de este libro es sabido. Adolf Eichmann, alto cargo de la ss nazi y responsable de la logística de captura y transporte de los judíos para su extermino en la llamada solución final, fue descubierto y secuestrado por agentes israelíes en el barrio de Buenos Aires donde se escondía de la justicia, y trasladado a Jerusalén fue juzgado y ejecutado en la horca el primero de junio de 1962. Arendt estuvo comisionada por la revista The New Yorker para escribir una serie de reportajes sobre el juicio pero la filósofa, fiel a su criterio, se tomó su tiempo para desentrañar los hechos más allá de la anécdota y cuando los reportajes, que luego se agavillarían en libro, fueron finalmente publicados provocaron un monumental escándalo porque sus primeros lectores judíos, aunque no solo, vieron en las reflexiones de la autora una suerte de exculpación del genocida.
La banalidad del mal se ha convertido en un latiguillo de conversación aplicable a troche y moche. Sin embargo, es un concepto complejo y equívoco. Arendt lo destiló de sus observaciones sobre los alegatos de Eichmann cuando respondía a las acusaciones del tribunal y particularmente al fiscal Gideon Hausner, empeñado en encontrar la clave de la culpabilidad del acusado en sus motivaciones y fobias personales. No lo consiguió porque Eichmann replicaba con un lenguaje abstruso, acartonado y burocrático, que se detenía en el procedimiento de su trabajo y obviaba los efectos criminales de este. Podría considerarse que era una estrategia de defensa pero, por lo demás, el acusado no impugnó al tribunal y era consciente de la pena que le esperaba, de modo que más bien su discurso parecía dirigido no tanto a salvar el pellejo cuanto a hacer oír sus razones, aunque fuera un discurso ajeno a la realidad de los hechos.
Arendt vio en aquel tipo corriente, minucioso en las rutinas de su oficio y menguado de vocabulario y argumentos la expresión de la banalidad del mal, que atribuyó a la incapacidad de los individuos para pensar por sí mismos sobre su propia condición, sus ideas y acciones derivadas. La banalidad no está en el mal sino en quienes lo ejecutan, que se comportan como agentes inconscientes de sus propios actos. Sin embargo, el exterminio de los judíos y otras minorías era legal en el estado nazi y la implementación de la mecánica para cumplir con esta legalidad la hizo un cuerpo funcionarial de naturaleza militar al que perteneció Eichmann. La cuestión es ¿cómo se crea un estado de opinión potencialmente criminal y universalmente aceptado en una sociedad avanzada y culturalmente potente como lo era Alemania en la época nazi?
Para responder a esta pregunta, el curioso puede pasear su atención por las conversaciones del vecindario y de inmediato reconocerá un generalizado rumor de fondo sobre los inmigrantes que se enfila hacia las propuestas de la extrema derecha pero del que sus difusores anónimos se niegan a reconocer las consecuencias, como hizo Eichmann al explicar sus actos ante el tribunal. En los días en que se cumplía el aniversario de Hannah Arendt se oyó esta conversación en una charla de café:
-Hay inmigrantes que tienen cara de hacer algo malo.
-¿Usted los distingue?
-¿A los de fuera? Claro.
-¿Y son delincuentes?
-Algunos sí. Lo veo, se les ve en la cara.
-Entonces habrá que meterlos en la cárcel o devolverlos al mar, como propone vox.
-No sé lo que habrá que hacer pero yo no soy de vox; yo no quiero saber nada de política porque todos los políticos son iguales.
En efecto, los políticos europeos son iguales en lo de reconocer este estado de ánimo y han sellado un pacto antimigratorio (con la excepción de España), que comprende la reclusión de inmigrantes en centros situados en países terceros y un reparto restrictivo de las cuotas de inmigrantes en suelo europeo. La puesta en marcha de este pacto implica dos desafíos: encontrar países extracomunitarios dizque seguros en los que instalar estos centros de reclusión de personas apátridas y encontrar una fórmula de reparto entre países comunitarios para el contingente que permanece en suelo europeo. Para ambos desafíos ya se han detectado dificultades pero no hay prisa. Entre la promulgación de las leyes raciales de Nuremberg y el ahorcamiento de Eichmann discurrieron casi treinta años. Estamos, pues, al principio de la nueva reedición de la banalidad del mal. Ya veremos en qué termina.
En la imagen, dibujo realizado por un prisionero del campo de concentración de Gurs, donde estuvo recluida Hannah Arendt.