Margarita Leoz es una narradora formidable, como ha demostrado en su última novela, Lo que permanece. Narrador no es un título que pueda atribuirse cualquier escritor porque exige atrapar la atención del lector en las primeras líneas y mantenerla secuestrada hasta el final, llevándole por los meandros y ondulaciones de la historia hasta la última palabra. Y este resultado es tanto más difícil con lectores encallecidos, muy impacientes por una razón extraliteraria e inapelable: les falta tiempo y rechazan  perderlo en divagaciones. Pero, qué hay más gratificante que dejarse llevar por un buen relato.

Lo que permanece es la historia del duelo debido a una arrasadora experiencia personal: la muerte del padre. No es un ítem literario infrecuente pero precisamente porque responde a una experiencia universal es tanto más apreciable la perspectiva y el tono que le otorga la autora. Leoz explicó ayer en una reunión literaria cómo había transformado esas emociones y estados de ánimo en una novela y lo hizo recurriendo al instrumental propio de un novelista en pos de una estructura que soporte la historia y de las palabras justas que le den expresión y sentido.

La charla tuvo lugar en el marco de un ciclo literario dedicado a la memoria personal y la escritura del yo, lo que obligaba a la autora a transitar entre el quehacer propio del novelista y su experiencia personal; de la no ficción a la ficción, para decirlo con una expresión al uso. Esta distinción, que parece identificar a la llamada literatura del yo es equívoca porque toda la literatura es ficción, representación o fingimiento, incluidas literaturas específicas y aparentemente neutrales como la médica, la judicial o la periodística, si bien cada una de estas ha de someterse a las normas del propio género, como la novela, para ser eficiente. El único relato que no es ficción es una fórmula matemática.

El referente que ha inspirado la novela no concierne al lector porque lo que busca es alguna forma de identificación con el relato, que siempre partirá de su experiencia, ajena al autor. Todos somos algo distinto a nosotros mismos en nuestra relación con los otros porque de lo contrario la comunicación sería imposible. El yo no es nada, una categoría gramatical o un concepto psicoanalítico, es decir, una forma de hablar y de ordenar la experiencia. El yo es una máscara que cuenta historias. El reto del novelista está en superar su propia subjetividad para alcanzar a la del lector y Margarita Leoz lo consigue.

El coloquio posterior siguió esta pauta difusa y los intervinientes parecían más interesados en explorar la malla de los sentimientos que vinculan la experiencia de la autora con su obra, que en el disfrute de la obra misma, que quizá no habían leído. Oyendo los comentarios de los participantes no podía evitarse deplorar el daño que han hecho los libros de autoayuda, quizá la quintaesencia de la escritura del yo. La autora no podía responder a estos comentarios porque la respuesta estaba en su novela.

Hemingway confesó en alguna ocasión sentirse a la vez vacío y pleno después de haber escrito un buen relato contra los fantasmas que le acosaban. Ese debía ser ayer el estado de ánimo de Margarita Leoz. Lo que ha hecho es construir un imponente personaje –el padre-, en cierto sentido un ogro benéfico, al precio de vaciar a la narradora –la hija-. El dolor de la pérdida convertido en energía creativa. La particular lucha con el ángel a cuyo término la autora es recompensada con algo que podemos llamar la felicidad. Un día me descubro riendo a carcajadas, me miro de frente y ya no veo una sombra a mi espalda, dice la voz narradora en el último epígrafe. La novela ha terminado y podemos imaginar que la autora recupera la realidad que ha permanecido ocluida en el relato, como si saliera de un túnel. La madre, los hijos, el marido, los parientes, las amistades, son apenas apuntes circunstanciales en la novela que recuperan corporeidad y que quizá sean materia de una próxima novela. Curioso oficio este que convierte en luminosos fantasmas a los transitorios y accidentales seres vivos.