¿Tienen sentimientos los robots? Es una tópica pregunta del género de ciencia ficción que se puede aplicar a todos los seres que se nos presentan ataviados de armadura y que se manifiestan mediante ciertos movimientos mecánicos, imprevisibles y letales, ya sean tiranosaurios, hipopótamos, policías antidisturbios o jueces y fiscales, si bien en estos dos últimos grupos la toga que les otorga majestad y poder la han maleado ellos mismos al usarla en manifestaciones callejeras contra el gobierno y el parlamento.  Ver a jueces y fiscales togados vociferando en la calle como si fueran una subespecie más del proletariado social causa un cierto estupor.

La cosa es que el juicio contra el fiscal general del estado ha puesto en evidencia los sentimientos de los togados y las filias y fobias que discurren por entre las rutinas de su trabajo diario. Para el espectador ajeno e iletrado es como ver en un terrario las pugnas entre insectos de caparazón blindado en pos de no se sabe qué. Porque en este juicio ni siquiera está claro el delito que se juzga. Revelación de secretos, ¿pero era un secreto la materia juzgada? Y si no lo era, ¿cómo puede haber revelación? Juristas de mucha vitola sostienen una cosa y la contraria. Está en duda la raíz misma de la instrucción y la pertinencia de las partes personadas.

Para cualquier lego que haya seguido el caso desde el principio, la causa se resume así: a) el abogado de un (presunto) defraudador fiscal, pareja sentimental de la jefa del gobierno de Madrid, propone al fiscal del caso un acuerdo de conformidad para no pisar la cárcel, algo rutinario en estos procedimientos; b) el edecán de la jefa de Madrid, siguiendo la consigna trumpista de Steve Bannon –inunda la escena de mierdaemite un bulo en el que afirma que la iniciativa del acuerdo provino del fiscal del caso y que fue atajada por la superioridad, es decir, por el fiscal general y más arriba por, tachán, don Sánchez; c) el fiscal general del estado emite un comunicado para desmentir este bulo y empieza el lío. Primero, esta nota aclaratoria del fiscal general es la materia del enjuiciamiento; luego resulta que no, que la nota era pertinente y no constituía delito pero que en algún momento de ese barullo alguien ha filtrado algo que puede ser lesivo para los intereses del acusado y ese alguien, según el juez instructor, no puede ser otro que el fiscal general.

Y ahí están juristas de mucho ringorrango intentando discernir en qué momento, de qué forma y con qué objetivo se hizo pública esa revelación de secretos tan perjudicial para la presunción de inocencia del (presunto) defraudador fiscal. Diríase que este juicio es la quintaesencia de la famosa consigna aznárida, el que pueda hacer algo que haga. En efecto, aquí todos están haciendo lo que pueden y lo hacen mediante un aporte de datos y una medición de tiempos del hecho juzgado que deben ser análogos a los que efectúan los astrofísicos e ingenieros cuánticos del gran colisionador de hadrones en busca del Big Bang. En esas estamos: unos buscan el origen del universo y de la vida y otros buscan el momento en que el novio de doña Ayuso era inocente, forzando la máquina judicial hasta el riesgo de cargarse el crédito del tercer poder del estado. Porque de este lance ni la verdad ni quienes la buscan, si es que hay alguien en este empeño, van a salir limpios.

Por el estrado desfila una procesión de testigos, todos obligados a decir verdad y todos con intereses personales en la causa. Los juristas en ejercicio deben pensar en su carrera, los periodistas en su oficio y los promotores de esta movida en la prevalencia de sus actos. El edecán y el novio de la reina de Madrid forman el dúo de choque de esta estrategia. El primero ataca a la prensa libre; el segundo, a la fiscalía en general. El primero es un tipo enamorado de sus canas y de argumentos capciosos, que descalifica a la prensa que no le gusta. El segundo se predica víctima de la fiscalía del estado, que ha arruinado su vida. El victimismo y la atribución de culpas a terceros es una estrategia incívica, por decir lo menos, o fascista, por decir lo más, que ya practica de manera más tosca y obvia en la calle el tal Vito Quiles. La secuencia de la performance es la siguiente: 1) provocación, 2) tumulto, 3) victimismo del provocador y 4) acusación de los desórdenes a los terroristas. Esta extraña similitud entre lo que ocurre en la corte judicial y en la calle ilustra sobre lo que está ocurriendo en la sociedad y a lo que aún no ponemos nombre. Un misterio.