Tarde de cine entre semana. La jubilación, edad del ensueño. La sala casi vacía. Ellas, la mayoría, en grupos de amigas de dos o tres, establecen una superioridad de género. Ellos  se cuentan con los dedos de una mano, solitarios, en el vestíbulo miran alrededor con ansiedad e impaciencia de náufragos. Uno se acerca a otro para pegar la hebra: ¿Qué película vas a ver? El cautivo. Humm, aburrida, no me gustó. Ya, eso he oído pero…, el interpelado se detiene, no quiere dar explicaciones sobre su elección. Silencio. Ya no se hacen películas como antes, avanza el primero dispuesto a no perder el hilo. Sí, el cine ha cambiado mucho, conviene el segundo. ¿Te acuerdas del Olimpia?, el primero. Ya lo creo, el segundo, y el palique remonta el vuelo.

-En el Olimpia vi Los diez mandamientos, aquella escena cuando se abrió el mar,¡qué película! ¡Charlton Heston!

-Hablando de entonces, ayer murió Claudia Cardinale.

-¿Te acuerdas cuando iba en vespa por Roma? Qué maravilla.

-Sí, pero la de la vespa era Audrey Hepburn y llevaba a Cary Grant de paquete.

-Ah, es verdad, pero ¡era Gregory Peck! Yo tuve una vespa.

-¿Y llevaste a Audrey Hepburn?

-Ja, no. Pero una vez fui de un tirón de Madrid a Cazorla, donde tenía una novia. Buah. Qué cosa, me acuerdo más de la vespa que de la novia.

– ¿Vivías en Madrid?

-Sí, yo soy de Riezu pero trabajé en Madrid.

-Yo también viví unos años en Madrid.

-¿Te acuerdas de los cines? El Callao, el Capitol, con aquellos cartelones que cubrían toda la fachada.

-En la misma plaza de Callao estaba el Palacio de la Prensa donde estrenaban las películas españolas de gran boato.

-También viví en Alemania, estuve dos años, pero ahí tenía una motocicleta. Me volví cuando me llamaron a la mili porque en el consulado me dijeron que si no quería hacerla tendría que quedarme en Alemania hasta los treinta años sin volver a España más que unos días por vacaciones, y hasta los treinta años se me hacía mucho tiempo.

-¿Ibas al cine en Alemania?

-Sí, a veces, pero no entendía nada. Aprendí el alemán justo para manejarme en la empresa, pero había un intérprete que nos ayudaba.

-Los alemanes hicieron buen cine en los sesenta y setenta.

-Los alemanes hacen las cosas bien. En la empresa teníamos una fiesta anual y podías bailar con la mujer del jefe, si querías, eso sí, había que pedir permiso educadamente, erlaubt mir diesen Tanz, todavía me acuerdo.

-La educación es importante.

-Y la seriedad. Los alemanes son gente seria. Un compañero en la empresa tuvo una riña con otro por no sé qué, de poca importancia, y sacó del bolsillo una navajita, hizo algún gesto. Eso ocurrió al mediodía, a la tarde se presentó la policía y lo deportaron a España. Eso es seriedad y no lo que ocurre ahora aquí, que vienen a no sé qué, están por todas partes, hacen lo que quieren, les damos de todo, veinte mil millones o no sé cuantos que gastamos con ellos…

Este viejo decide que la charleta ha terminado, alega que han abierto la puerta de las salas y debe ir a su butaca. ¿Cómo es posible que del cine Olimpia, Charlton Heston en Los diez mandamientos, Claudia Cardinale, Audrey Hepburn y la inocente y festiva vespa haya brotado la sucia espuma de ese discurso xenófobo que evidentemente es universal? ¿Cómo es posible tanta claudicación intelectual y moral? El viejo comprueba, por si hiciera falta, que vive en un tiempo cancelado. El cautivo, la peli de Amenábar es, en efecto, aburrida.