Es el título de una película de los años cincuenta que el viejo vio en su remota adolescencia y que le ha venido a mientes, ahora contará por qué. La memoria espontánea solo guardaba el recuerdo del eufónico título y la cara del protagonista, Alan Ladd, la estrella más bajita e insulsa de la constelación de Hollywood, así que ha tenido que consultar en internet para refrescar la historia, tomada de una página especializada, que dice así: En 1870, unos años después de la Guerra de Secesión (1861-1865), el presidente de los Estados Unidos, Ulysses Grant (Hayden Rorke), confía a Johnny McKay (Alan Ladd) la misión de llevar la paz al sur de Oregón, donde una tribu india dirigida por el capitán Jack (Charles Bronson) ha abandonado la reserva arrasándolo todo a su paso.

La sinopsis es una mina de información histórica. La peli se produjo en 1954, en el momento álgido de la guerra fría y de la caza de brujas que asoló Hollywood entre 1950 y 1956. Una época de delaciones y denuncias, interrogatorios bajo presión y amenazas, listas negras y juicios farsa, que a menudo concluyeron en penas de cárcel para los acusados y la cancelación de sus carreras profesionales. La industria del cine tomó nota del mensaje que le llegaba del sector ultra del partido republicano, los trumpistas de la época, y depuró sus plantillas y acomodó los guiones y las historias para ajustarlos a la nueva ortodoxia. Tambores de guerra es un relato diáfano de la situación de aquel momento. El fin de la guerra civil debe leerse como el fin de la segunda guerra mundial y los indios que se escapan de la reserva arrasando todo a su paso son en clave racista los comunistas, que según los promotores de la caza de brujas habían invadido la  industria de la cultura estadounidense. Una anécdota no menor es que la carrera de Charles Bronson empezó como indio proscrito para reconvertirse bajo el nuevo régimen en un pegahostias defensor de la ley y el orden al servicio de sus intereses y venganzas particulares. El outsider que llega a jefe del cotarro, como Trump.

Despejadas estas divagaciones, el viejo queda obligado a confesar por qué los tambores de guerra han retumbado en su cabeza. Ha sido por la lectura de la noticia en la que el canciller alemán ha anunciado el fin del estado del bienestar para financiar el rearme. Menos servicios de salud, de educación y asistencia social y más misiles. Friedrich Merz es más alto que Alan Ladd  y tan impávido como él en el cumplimiento de la misión encomendada. Los políticos europeos tragan un sapo cada vez que tienen que explicar a sus votantes el tránsito del estado del bienestar al estado del malestar pero lo ven inevitable. El francés François Bayrou va a jugarse el puesto de primer ministro en este empeño. A partir de cierto nivel de gravedad las crisis del capitalismo requieren una guerra. La baja productividad y la precarización de la población se resuelven produciendo bienes y servicios de urgente obsolescencia y restringiendo los gastos suntuarios. Nada espolea mejor el funcionamiento de la economía que la fabricación de chismes costosísimos que duran veinticuatro horas en el campo de batalla mientras la población civil hace cola en el súper con la cartilla de racionamiento en la mano. Es lo que el economista Joseph Schumpeter definió como destrucción creativa. Si lo sabrán los alemanes, y si lo saben ellos más nos vale a los demás aprenderlo rápido. En cuanto al indio que ha abandonado la reserva arrasándolo todo, no hace falta decir quién es.

La incógnita es quién dirigirá la guerra y en qué dirección. El gobierno de coalición de herr Merz está en caída libre ante la opinión pública, asediado por los neofascistas, igual que les ocurre en mayor o menor medida a los gobiernos francés, inglés, polaco y portugués, y quién sabe si también al español en pocos meses,  para no mencionar a los que ya están en manos de la extrema derecha, como Hungría, Italia o Países Bajos. En Polonia, donde el reparto de fuerzas entre los demócratas liberales y los nacionalistas extremos está al cincuenta por ciento, el presidente de la república, nacionalista, ha desafiado con dejar sin servicio de internet a Ucrania (servicio que paga Varsovia) si el gobierno polaco, liberal, no recorta las ayudas a los refugiados ucranianos. Los de casa primero, as usual. El proveedor de internet en Ucrania es la red de satélites starlink, propiedad de Elon Musk, amigo de Rusia y enemigo jurado de lo que aquí llamamos democracias liberales, y si Varsovia dejara de pagar las facturas, Ucrania perdería de inmediato la guerra y la Europa que dice defender herr Merz perdería la respiración.

La reducción del  gasto social –pensiones, prestaciones y servicios públicos- está en la agenda fascista y el aumento del gasto militar también. Los tambores de guerra son por ahora cajas destempladas pero es cuestión de tiempo que afinen el tono y fijen la melodía, y lo harán antes si se les ayuda acercándoles el diapasón, como hace herr Merz.