En el tránsito hacia el verano los indígenas de este país en riesgo de desertización experimentan, experimentamos, una suerte de impaciencia análoga a la de los ñus cuando presienten la orden de la especie para emprender la migración a los pastos vacacionales de la llanura del Serengueti. A medida que se acerca el acontecimiento, los paisanos se agitan y se apresuran a clausurar los negocios de invierno y abandonan la pesada piel que los ha cubierto para investirse de otra más liviana y festiva hasta que, llegado el momento, la realidad se ha transformado por completo: rutilante y ebria.

Autopistas y carreteras se convierten en senderos de hormigas y las terminales de ferrocarril y aeropuertos en enjambres de abejorros al borde de la desesperación. Los individuos sumidos en este trance han dejado atrás los atavíos de invierno y se disponen a huir de la realidad que los tiene atenazados, y mientras esperan el momento de iniciar la marcha repasan mentalmente si han cerrado la llave del gas, si está candada la cancela del chalé, si tal contrato está firmado en forma o si ese cuñado podrá hacer lo que prometió en la última reunión familiar.

Don Feijóo debió pensar que dejaba todo en orden para septiembre después de que se celebrara el congreso del partido a mayor gloria de sí mismo. Por las mismas fechas a su enemigo don Sánchez le quedaba la tarea de desparasitar sus oficinas de koldos y compañía. Todo estaba bien, pues, hasta que un juez periférico levantó el secreto de sumario del ignoto, hasta ese momento, caso Montoro. La pulcritud indumentaria que nos acompaña al inicio de vacaciones hace que se olvide que detrás dejamos calzoncillos tiznados de palominos, camisetas malolientes, zapatones reventados y muchas moscas.

Este es un país de lógica tomista, que argumenta con las ideas y  no con los hechos, así que de inmediato se ha reactivado la logomaquia con la pregunta de si el caso Montoro equilibra el caso Koldo. En nuestro sistema binario basado en el y tú más el equilibrio es imposible porque de producirse se derrumbaría el sistema mismo. Aquí, la dialéctica hegeliana son dos tipos enterrados en el barro seco hasta las rodillas que se baten a garrotazos, si bien están lo bastante alejados uno del otro para impedir que los golpes puedan ser mortales y termine el entretenimiento.

Don Koldo y don Montero jugaron al pilla-pilla en esa fisura mágica en la que se encuentran los intereses públicos y privados y como efecto de la colisión mana dinero en abundancia. Pero ningún juego es completamente equilibrado y, objetivamente, don Koldo es un rapaz empeñado en arrancar mordidas de aquí y de allá en negocios que caen bajo su conocimiento y al alcance de sus garras mientras que don Montoro ensayó, con relativo éxito, la privatización de la economía pública mediante el procedimiento de adaptarla a los intereses de sus clientes bajo mano. Don Koldo es un gato callejero y don Montoro, un tigre de Bengala.

Pero ambos son felinos y tienen rasgos comunes. El más obvio, su procedencia de los márgenes de la sociedad. Uno, matón de discoteca y confidente de la policía, parece un personaje de novela negra; el otro, hijo de inmigrantes pobres que llegan a la capital desde provincias, es un tipo dickensiano, de novela social. Ambos, arribistas necesitados de vindicarse a sí mismos, que saben que no les servirá de nada aceptar las reglas y ocultar sus orígenes para trepar hacia las estancias de alfombras mullidas donde te hacen arrumacos los dueños de la finca. El procedimiento es otro y lo conocen instintivamente: aprovecharse de las flaquezas de los que tienen la guita, poseer sus secretos, ya sea grabando sus conversaciones en un bar mediante un dispositivo pegado al culo con cinta adhesiva o husmeando en los documentos que refieren sus cuentas y patrimonios a puerta cerrada en un despacho oficial. Es la lucha de clases: el campo de operaciones condiciona el modus operandi y los resultados de cada predador. Luego está la inteligencia y la suerte; en fin, que no todos los gatos son iguales. Así que no, don Montoro no equilibra a don Koldo ni lo contrario. No se neutralizan, suman.