El rey de Marruecos tiene siempre a mano una buena reserva de paisanos desesperados que dispara como un chorrito de gas pimienta contra el territorio español cuando cree que el gobierno de Madrid no se ha portado bien. Aquí no sabemos en qué la hemos pifiado, o que ha hecho mal el gobierno de Sánchez, pero a la playa han llegado a nado unos miles de jóvenes, sobre todo muy jóvenes, sin otra ocupación ni perspectiva que echarse al mar a ver qué pasa. Es carne de cañón sin cañón; tropas de desembarco desarmadas, casi desnudas y ateridas, que, en mejor de los casos, serán devueltas sanas y salvas a su país, como quien devuelve una cartera encontrada en el paseo marítimo. Estas movidas del comendador de los creyentes nos pillan siempre tan despistados que no sabemos ni cómo definirlas. Invasión parece un término exagerado y diplomáticamente inconveniente, pero llamarlo crisis humanitaria es ridículo; en todo caso, la crisis humanitaria no está en las playas de Ceuta sino el país exportador de nadadores.
Según parece, este episodio, diríase que una versión post moderna de la cruzada de los niños, está motivado por la situación del Sáhara Occidental, un marrón histórico que a España le pilló con el pie cambiado durante la transición y que no consigue digerir. El frente polisario anunció la reanudación de la lucha armada ante el agotamiento de las vías diplomáticas y la inacción de los organismos internacionales, si bien de este asunto no se ha leído ni una noticia aquí, y coincidiendo con este presunto estado de guerra, el presidente saharaui está siendo tratado del coronavirus en Logroño, dizque por razones humanitarias y con nombre falso para que no se entere nadie. Pues ya ven lo que ha durado el secreto.
El dominio marroquí sobre el Sáhara Occidental, por más que sea ilegítimo de origen, tiene la protección de Estados Unidos y goza de la pasividad del resto del mundo, así que no está en riesgo porque los saharauis reemprendan una guerra que tienen perdida. Pero Marruecos no quiere ni el mínimo desliz en su entorno que empañe su condición de potencia regional y sabe dónde le duele a España. Si consiguió adueñarse de un territorio de 266.000 kilómetros cuadrados, que es más de la mitad del territorio nacional marroquí, enviando una procesión de civiles desarrapados que puso en fuga al ejército español de la época, estos días ha amagado con comerse la ciudad de Ceuta por el mismo procedimiento. El que avisa no es traidor. Pocas bromas, al respecto.