Crónicas de agosto, 6
Lo mejor que podría hacer la tripulación del Open Arms es devolver al mar a los náufragos africanos que rescataron, y a quien dios se la dé, san pedro se la bendiga. Por supuesto, tal acción daría lugar a una aparatosa descarga de hipocresía moral que tal vez durase dos o tres telediarios, pero de la que ya se puede contar con que tendría la aprobación de don Salvini y con él de los voxianos y todos los extremistas de derecha europeos, que, en un segundo paso, arrastrarían consigo a los liberales, al pepé y a los ciudadanos naranjos por razones de sintonía íntima con sus socios de gobierno y, por último, a los renuentes socialdemócratas y al pesoe por aquello de no ser acusados de antieuropeístas. Sin duda, el capitán del Open Arms sería juzgado por vulneración de las leyes del mar, porque alguien tiene que pagar el pato, pero lo mejor de todo es que madame Lagarde seguiría al frente del banco central europeo, frau von der Leyden al frente de la comisión europea y doña Ayuso al mando de la comunidad del Madrid, y eso tranquiliza mucho.
Europa está en guerra con África desde el principio de la edad moderna, hace cuatrocientos años, cuando a este lado del Mediterráneo se inventaron los estados nacionales, el libre comercio, las armas de fuego y los grandes galeones de transporte de personas, forzadas o no, y mercancías. La novedad de la actual fase de la guerra de África es que Europa está a la defensiva. Hasta casi ayer mismo, los ejércitos expedicionarios europeos ocupaban y se repartían el espacio africano del que extraían mano de obra esclava, minerales preciosos, especias y madera, y los colonos blancos cultivaban té, algodón y criaban ganadería intensiva. Los más viejos de entre nosotros aún llegaron a conocer, y padecer, los últimos episodios de aquella gloriosa guerra de África, cuando Mussolini se anexionó Etiopía y Franco y sus generales africanistas vieron cortadas sus carreras profesionales por la derrota que les infligieron unos rifeños con chilaba y, a falta de otra riqueza, importaron a la península el know how aplicado en África y bombardearon ciudades, fusilaron poblaciones, encarcelaron y violaron y, por último, destruyeron el estado democrático de su propio país, y les fue tan ricamente.
Esta fase expansiva de la guerra africana duró hasta la descolonización, entre los años cincuenta y setenta, y a partir de entonces la relación de los estados europeos con sus ex colonias consistió en apoyar a una u otra facción de las sociedades tribales que se disputaban el poder de los nuevos estados dominados por el angustioso dilema de dictadura o guerra civil. Los náufragos del Open Arms huyen de alguno de los dos términos del dilema pero no vamos a reconocerlo porque no queremos ser tildados de buenistas. La estúpida propaganda reaccionaria de que vienen -en patera, muertos de hambre y de miedo- para islamizarnos y para adueñarse de nuestros empleos y de nuestros servicios sociales es un reflejo inverso de la mentalidad colonial europea. Si nuestros antepasados saquearon África, ¿por qué esperar que los africanos quieran hacer otra cosa en Europa? Esta es la pregunta que bulle en el fondo del nervioso debate sobre el destino de los náufragos, y por ahora la respuesta dominante es la de don Salvini. ¿Será posible que la pomposa y narcotizada Europa no dé para más?