Un torrente monotemático ocupa hoy los espacios informativos: la hagiografía de Carme Chacón. El despliegue confirma el gusto de este país por las postrimerías, una afición que tiene su correlato en la desconfianza por la vida real y que se remonta a los autos sacramentales del barroco. Carme Chacón fue un personaje que despertaba una simpatía espontánea y cierta, aureolada por la circunstancia de que fue la primera mujer ministra de defensa, y es terrible que haya fallecido tan joven, dejando a un hijo pequeño que trajo al mundo con un esfuerzo de voluntad y contra las cautelas procedentes de su delicada salud. Todos estos datos, por lo demás compartidos por innumerables otras mujeres que también han luchado por abrirse camino, apoyan el carácter trágico de su fallecimiento pero cuesta creer la unanimidad que ha concitado su deceso. En un lunes de pasión dominado por la expectativa de las vacaciones y de las procesiones -sol y muerte, un binomio español-, el fallecimiento de Chacón da oportunidad a la clase política –y singularmente a su fracturado partido, de cuyos afanes se había discretamente apartado- para un ejercicio de autocompasión, una tregua en el navajeo cotidiano, un chute de autoestima por el procedimiento de recordar en la difunta los méritos que la realidad niega a los vivos. Es el momento de echar en falta un género periodístico habitual en el ámbito anglosajón  pero inédito en estos lares: el obituario informativo, detallado, imparcial y contextualizado de lo que fue la biografía que dio al difunto su dimensión pública. Nuestra prensa no está para esos trotes.  En vez de eso, tenemos emociones moqueantes, lo que no quiere decir que no sean sentidas, tópicos periodísticos, mucho acompañar en el sentimiento y un espectáculo de segura aceptación popular, que nos transmite el carácter familiar de la clase política, formada por individuos para los que el partido o el escaño son algo más que un trabajo y una responsabilidad, son una forma de vida. Pasan mucho tiempo juntos, tienen muchos intereses comunes, hablan mucho entre sí, coleguean incansablemente, y forman una colectividad orgánica, compacta, y por ende segregada de la masa que los encumbra.