Dos noticias simultáneas han introducido el fútbol en el espinoso terreno de las relaciones hispano-marroquíes cuya capital es Ceuta. El mismo día hemos sabido que las elecciones para jefe del gobierno de Marruecos las ha ganado el partido que dirige el presidente de la federación de fútbol y, al mismo tiempo, el alcalde de Madrid don Almeida pronostica que la final del mundial de 2030 no se celebrará en la capital española. Blanco y en botella. Veamos la hipótesis.
El pepé prepara un gesto de buena voluntad con Rabat que le permita gobernar siquiera una legislatura sin invasiones de las que don Sánchez ha sufrido dos y el precio de la final de mundial en el nuevo estadio de Casablanca parece asumible. Ceuta se verá libre de moros en la costa, soberana y española (al menos hasta 2030, luego ya veremos), y la monarquía alauita alcanzará relevancia internacional en el deporte insignia de los nuevos poderes planetarios. Si algo aplaca el malestar social y genera un patriotismo instintivo e irredento es el fútbol. Hasta míster Trump, que no sabía ni lo que es una tarjeta roja arbitral, lo comprendió así cuando propuso que su mascota don Infantino, preboste de la federación internacional de fútbol, fuera secretario general de la onu, donde ahora mismo unos y otros se están diciendo cuatro verdades a la cara.
Las elecciones en Marruecos no afectan a la dirección del país, que está embridada en manos del rey, y este ha debido pensar que una autoridad futbolística es lo que necesita para la actual etapa histórica, urnas mediante. El elegido es Fouad Ali el Himma, un estrecho consejero del rey y líder de una formación centrista llamada partido de la autenticidad y la modernidad, que hasta estas elecciones era la segunda fuerza del parlamento y muy oportunamente ha pasado a ser la primera, ganando diez escaños, hasta 97, respecto a los que obtuvo en 2021. La derrota del muy conservador reagrupamiento nacional, que ocupaba el gobierno hasta ahora, y del tradicional Istiqlal, nacionalista, en tercera posición, indica que vienen tiempos de modernidad, como reza el nombre del partido ganador.
¿Y qué hay más moderno y glamuroso que el fútbol? La anhelada soberanía de Ceuta y Melilla, que forma parte del genoma nacional marroquí, puede esperar a otra ocasión. Las dos ciudades tienen un valor simbólico, más que práctico, y su (re)conquista ahora mismo, de ser posible, no competiría en el interés de los marroquíes y en la atención del mundo con una final del mundial de fútbol.
Algún estratega de la coalición reaccionaria, que espera que Ceuta sea la tumba de don Sánchez, ha debido comprenderlo y, por lo que se infiere de la indiscreción del alcalde de Madrid, parece cosa hecha. Al diminuto y abnegado don Almeida le duele confesar esta frustración y rutinariamente ha echado la culpa al gobierno español (léase don Sánchez) y ha anunciado que debe haber consecuencias. Y lo dice el edil mayor de una ciudad que ha visto rechazada su candidatura para organizar los juegos olímpicos en cuatro ocasiones (1972, 2012, 2016, 2020); las tres últimas, sucesivas.
Tampoco podría descartarse que el cambalache -fútbol por inmigrantes- fuera una maniobra en la oscuridad de don Sánchez. Ya hizo algo parecido en respuesta a la anterior invasión de Ceuta (2021) con un giro de ciento ochenta grados en la política del Sáhara occidental sin dar explicaciones a nadie. En fin, algún día sabremos qué ha pasado. Entretanto, volvamos a la cancha donde se está jugando la final del mundial de 2030. Más de un centenar de niños y adolescentes ahogados en el mar y miles de otros rechazados y hostigados en las calles de la ciudad en la que esperaban empezar un futuro que merezca ese nombre, carne de cañón de los poderes terrenales. Cuando el ganador levante la copa dentro de cuatro años debería pensar que se lo debe a esos muchachos y muchachas sacrificados para que la final se celebre en tal o cual estadio.