Alegato en defensa de don Zapatero ante el Tribunal de la Historia.
La descolonización de territorios que engordaron a los imperios europeos dejó las materias primas que necesitaban sus economías en manos de regímenes y dirigentes indígenas con los que los antiguos colonizadores debían continuar el trato para conservar en lo posible las ventajas de la situación anterior. Algunas de estas materias primas eran reemplazables pero otras no. Singularmente, el petróleo. Los gobiernos de las antiguas metrópolis se enfrentaban a un serio desafío si las ex colonias nacionalizaban el petróleo y privaban a las compañías europeas y norteamericanas del control de este bien estratégico. Entonces, la intervención militar más o menos cruenta era inevitable. Ocurrió en Irán con Mossadeq (1951), derrocado por un golpe patrocinado por Reino Unido, y ha ocurrido en Venezuela (2026) con el golpe contra Maduro llevado a cabo por Estados Unidos. En ambos casos, las potencias imperialistas dejan un gobierno autoritario favorable a sus intereses, ya sea presidido por Reza Pahlaví o por Delcy Rodríguez.
La excepción a este patrón histórico fueron, y son, las monarquías del Golfo Pérsico. Un conjunto de tribus beduinas que cabalgan las arenas de un desierto inabarcable sobre un mar de petróleo. Este lugar del planeta tiene bastantes contraindicaciones para una intervención exterior. Demasiado espacio vacío para la conquista y demasiadas poblaciones menores y trashumantes para discernir entre amigos y enemigos. Los británicos lo aprendieron pronto cuando quisieron poner a las tribus a su servicio para derrotar al imperio otomano durante la primera guerra mundial; de aquel lance surgió la leyenda de Lawrence de Arabia. Pero también los árabes entendieron la jugada y comprendieron la ventaja de su nueva situación en el mundo si sabían jugar sus cartas. Desierto, petróleo y una ventajosa posición geoestratégica en manos de un puñado de reinos que se gobiernan internamente por las leyes de la tribu.
A medida que menguaba la fuerza de las potencias coloniales, los jeques se reafirmaban en su modus operandi y apreciaban sus crecientes virtualidades. Eran invulnerables a la gran amenaza que presidió la segunda mitad del siglo veinte y que aún está vigente. Una bomba atómica es inútil contra ellos porque si bombardean el desierto es una exhibición banal y si bombardean un centro habitado –La Meca, digamos- ponen en pie de guerra a dos mil millones de musulmanes que ocupan una franja del planeta entre las costas de África occidental hasta el extremo oriental de Indonesia, en el flanco sur del gran continente que llamamos Eurasia. La religión se convierte en un potente instrumento de control interno de las poblaciones propias -flagelaciones, amputaciones, lapidaciones, en fin, el libro sagrado en estado literal- y de amenaza a los infieles del norte, que eventualmente se ha hecho realidad en los atentados terroristas de las décadas pasadas. Es curioso que la respuesta occidental a estos atentados cayera sobre estados formados (Iraq, Irán, Afganistán), con el resultado sabido, pero no sobre las difusas monarquías del Golfo exportadoras de la ideología extremista (el wahabismo) que inflamaba a los terroristas.
Los occidentales comprendieron que había que hacer amistad y negocios con los jeques del petróleo y, en este intercambio de favores, los jeques comprendieron a su vez que los infieles eran tan sensibles a las riquezas materiales como los creyentes, Inshallah, aunque había una cierta discrepancia en el lenguaje. Para los jeques, los obsequios que entregaban a sus socios del norte eran una muestra de amistad; para los huéspedes cristianos es corrupción. Las joyas, los caballos pura sangre, los automóviles de gran cilindrada, los maletines de billetes y demás bagatelas con que eran obsequiados los jefes de estado y de gobierno occidentales han minado los fundamentos morales de nuestra civilización desde el puritanismo luterano de Max Weber. ¿Con qué autoridad vas a obligar a la población de gobiernas para que reduzca su salario o renuncie a servicios sociales que se ha ganado trabajando si tú mismo guardas en la caja fuerte unas inconfesables joyas y no sabes qué hacer con ellas? ¿Con qué cara predicas a favor de los pobres si te dejas comprar por los ricos? Este es el dilema de don Zapatero, resoluciones judiciales aparte.
Los obsequios de las mil y una noches adquieren en ocasiones formas juguetonas, carentes de formalidad, que ayudan a reforzar su carácter privado e inconfesable. El ex ministro don Miguel Sebastián cuenta en un artículo de prensa que quiere exculpar a don Zapatero, que en cierta ocasión fue obligado por razones del cargo a asistir a una reunión en una capital árabe; la encomienda fue breve y cuando al día siguiente el falcon ministerial estaba listo para el despegue de regreso, un propio del jerarca anfitrión atravesó la pista a la carrera para entregar al ministro una cartera de regalo. Don Sebastián agradeció el presente, juzgó que ya tenía bastantes carteras y dio aquella a un miembro de su comitiva. Este la abrió durante el vuelo de vuelta para descubrir que estaba llena de joyas. Deliberación ministerial sobre qué hacer con este regalo que fue a parar al registro del patrimonio nacional y a ser exhibido en el ministerio como un trofeo de guerra. El ex ministro lo cuenta para sostener la hipótesis de que estos regalos son muy frecuentes y los acusadores de don Zapatero lo saben bien porque han sido beneficiarios de esta práctica. Es una inferencia poco discutible porque nuestro amado rey emérito ha hundido su reputación y por poco se carga a la monarquía por su extrema tolerancia hacia esta forma de soft power de sus primos beduinos. Ahora entendemos más cabalmente por qué ha buscado refugio en Abu Dabi y no en Sanxenxo, que tanto le gusta.
Así tenemos a don Zapatero, ay, abrumado por unas joyas que obtuvo en sus servicios exteriores al estado y que no puede usar, ni exhibir, ni publicar, ni vender ni legar a sus herederos porque son la mácula de su intachable carrera, hasta que llega la uco, y a ver cómo se lo explicas al juez. Aceptemos que lo que sería un uso normal y legal de esta práctica en un país democrático -la declaración del regalo y su entrega al patrimonio del estado- el donante, jefe de una monarquía medieval, puede considerarlo una afrenta, pero ¿tan difícil es explicar a la otra parte que representas a una democracia que no admite la corrupción?, ¿encarecería esta actitud el precio del petróleo?, ¿activaría la ira islámica?
La coalición reaccionaria está empleándose a fondo con las joyas de don Zapatero. Podemos apostar que, si llega al poder, serán los inmigrantes musulmanes los que paguen la factura de la astucia de sus jeques y de la corrupción de nuestros gobernantes.