La paradoja más notable de las crisis masivas es que, mientras duran, nos hacen creer que saldremos mejores de ellas, más conscientes y compasivos, pero el efecto es el contrario y apenas ahuyentado el peligro inmediato, lo que somos es más necios y brutales. Sean sanitarias, medioambientales o económicas, las crisis causan un sentimiento de culpa a la vez que resaltan episodios de heroísmo y solidaridad. La culpa estimula el deseo de cambiar los hábitos que nos llevaron a la crisis y los ejemplos heroicos en lo más crudo de la tormenta marcan el sendero de la recuperación.

Ocurrió de manera notoria durante la pandemia en la que admiramos el titánico esfuerzo de la sanidad pública y comprendimos la necesidad de aceptar medidas –confinamiento, mascarillas- constrictivas de la libertad individual pero incentivadoras de la dimensión comunitaria de lo humano. Unos años después, los empleados de la sanidad pública están en las calles reclamando más recursos para una estructura que decae a ojos vista y las mascarillas –es decir, su carencia cuando se necesitaban- se han convertido en el emblema de la corrupción política y de nuestra indigencia industrial.

Ocurrió también en la crisis financiera de 2008, cuando se oyeron voces autorizadas que predicaban la refundación del capitalismo hacia formas más reguladas y ponían en evidencia la desigualdad en las sociedades. Hoy, el capitalismo está más desbocado que nunca y la desigualdad se ha convertido en un hecho deseable y digno de fomento para el pensamiento político dominante.

Y está ocurriendo ahora mismo con la fábula de la unión europea, que, cada vez que se pregona, muestra con creciente impudor sus descosidos y encogimientos. Ningún opinante serio habla ya de la unión europea; en el mejor de los casos expone sus carencias con aflicción o entusiasmo, según el púlpito desde el que perora. Los principios que presidieron la creación de este artefacto político están siendo desmantelados sin remisión: el pacifismo se ha convertido en rearme y la sociedad abierta empieza a cerrar la frontera a los extranjeros antes de cerrarla a los nativos cuando llegue la guerra, que llegará. El crecimiento del neofascismo, ya normalizado, es la expresión política de esta deriva.

Fue la posfascista italiana doña Meloni la que tomó la iniciativa de subcontratar a un tercer país –Albania en este caso- la estancia de inmigrantes indeseados cuya expulsión inmediata era impedida por la ley italiana. En el contrato, el país receptor de los réprobos ponía el espacio de confinamiento y las instalaciones correspondientes, y el país emisor quedaba como titular de la jurisdicción de sus habitantes, además de pagar el gasto de la operación adobado con la promesa de que Albania pertenecería algún día al club europeo con tarjeta premium. Esta promesa es creíble porque está dentro de la tradición europea.

La división internacional del trabajo es un constructo económico del capitalismo decimonónico por el que países y regiones se especializan en la producción de determinados bienes y servicios para aprovechar las ventajas comparativas en el comercio global y así surgieron las economías de monocultivo, que antes fueron el algodón, el azúcar o el petróleo y hoy, en un tiempo de mano de obra excedente, bien podría ser monocultivo de desechables. Don Bukele ha abierto en El Salvador una veintena de factorías experimentales de reclusión de  terroristas, dice la etiqueta, que se muestran a los curiosos impecablemente uniformes y sumisos, comestibles, diríamos, si fueran tomates o melocotones.

La iniciativa de doña Meloni hubiera sido inimaginable hace una década, pero ahora ya hay varios países europeos que están estudiando las posibilidades de implementarla, mejorándola incluso en lo que se refiere a costes, no solo económicos, que no son muchos, sino sobre todo políticos y morales. Albania es un país raro pero europeo al fin y no es cosa de engatusar a nadie con el señuelo de que formarán parte del club premium. Así que las búsquedas se dirigen a países de África y Asia central, sín ínfulas de pertenencia europea. La cuestión de los países balcánicos irredentos ya la solucionaremos cuando toque, y quizá se conformen con medidas que estimulen su vigoroso nacionalismo localista.

Los gobiernos europeos que exploran esta iniciativa –Dinamarca, Países Bajos, Austria, Grecia, etcétera- son de todos los colores políticos (conservadores, liberales, soicialdemócratas) por lo que puede considerarse una iniciativa genuinamente europea. Los primeros centros o campos con la función de concentrar masas de indeseables se llamaron piadosamente de refugiados y los levantaron los ingleses a principios del siglo pasado en Sudáfrica para concentrar a miles de afrikaners (los patrocinadores posteriores del apartheid, para decirlo todo) durante la guerra de los bóers. No hace falta glosar el éxito posterior de esta institución, que recibió nombres distintos según su uso final –de retención, de tránsito, de identificación, de trabajo, de exterminio-, con el uso común de concentrar grandes grupos humanos sin distinción de sexo y edad pero caracterizados por su religión, etnia, condición política o civil, que les hace acreedores de la inquina del poder de turno.

En esta ocasión, son los inmigrantes los destinatarios del invento. Una sociedad que rechaza la inmigración es una sociedad envejecida, insegura y acobardada, que acosa a los débiles mientras entroniza a los matones. Los países los hacen históricamente los inmigrantes y lo que valió en el pasado para el continente americano debería valer ahora para el continente europeo. Pero, ay, Europa, la madre de todas las revoluciones, está muy viejecita.