La imagen del coyote y el correcaminosla serie de dibujos animados creada en 1949 por Chuck Jones para la Warner Bros.– es pertinente como metáfora de la peripecia política de don Sánchez en un entorno crecientemente fascistizado. El coyote (Canis latrans) quiere zamparse al correcaminos (Geococcyx californianus), un pajarillo corredor de plumaje pardo surcado por rayas negras, y a tal fin urde una trampa tras otra, penosamente elaboradas y siempre fallidas, para atraparlo. El aullido entre autoritario y lastimero del coyote es replicado por el pío burlón del correcaminos ¡piii, piii! convertido en grito de victoria. Estas aventuras son seguidas con una mezcla de asombro y vértigo por los votantes de izquierda. ¿De dónde sacará el correcaminos tantos recursos? ¿Le atrapará alguna vez el coyote?

En el penúltimo episodio, el coyote urdió el cepo mediante acuerdos con otra especie predatoria para los gobiernos regionales de Extremadura y Aragón y el correcaminos se escabulló  bajo las altas ramas de los líderes progresistas del mundo reunidos en Barcelona. Piii, piii. La trampa tuvo alguna contraindicación para el coyote porque la lazada de la prioridad nacional que le fue impuesta por su socio en la cacería ha soliviantado a todos los animalillos de la pradera, incluidos los obispos, y está a punto de estrangular al coyote que ya veremos cómo sale de esta. Pero la persecución no ha terminado.

El cambio climático que aqueja al planeta ha traído a la pradera semidesértica de la meseta ibérica a un oso grizzly (Ursus arctos horribilis) que se propone acabar con el correcaminos por el procedimiento de arrancar a todo su hábitat del ecosistema, incluido, claro está, el coyote.  El grizzly de pelaje naranja ya tiene una camada instalada sobre el terreno y no necesita para nada a ese ridículo coyote, que dice que no es rey de pradera porque no quiere. No obstante, ante la amenaza del grizzly, el correcaminos ha repetido su rutina ¡piii piii!

Los héroes concitan admiración pero no tanto apoyo real, por una razón obvia: si el héroe contara con una fuerza mayoritaria dejaría de ser un héroe y se convertiría en un tirano. La condición de héroe es provisional y tiene un sesgo trágico. Podemos admirar el heroísmo pero tememos al héroe. Ya se ha escuchado en la corrala de alguna tertulia que don Sánchez es como Franco, que, por grotesca y maliciosa que sea esta opinión, y lo es, no debería ser desoída como síntoma porque ya ha encontrado eco en un medio de la caverna del grizzly.

Los acuerdos de gobierno  en Extremadura y Aragón se replicarán en breve en Castilla y León y en Andalucía, lo que significa que la coalición reaccionaria gobernará sobre trece millones y medio de paisanos y paisanas con criterios neofascistas (o iliberales, si se prefiere) en materias altamente sensibles como educación, sanidad y servicios sociales, y a este contingente de población habrá que sumar más de siete millones de ciudadanos de Madrid, casi tres millones de Galicia y  lo que corresponda a las derechas periféricas, catalana y vasca, que ya dan muestras de impaciencia por acabar con su pacto con el correcaminos.

Don Sánchez es un héroe solitario, una suerte de Odiseo del que sus adversarios no olvidan que mató a flechazos a los pretendientes a ocupar su puesto. Todos se sienten agredidos por su conocimiento de las mareas de la política, su resolución en el manejo del timón y su astucia para sortear los obstáculos que le preparan sus adversarios, igual que el coyote se siente agredido por la habilidad del correcaminos. Este resentimiento es una radiación de fondo que anida también en su partido y que se manifiesta en vaharadas de gas tóxico cada vez que abren la boca don Page y don Felipe González.

Don Sánchez se rodea de una guardia pretoriana de ministros y ministras de los que reclama lealtad sin preguntar por qué son leales, como se ha visto en la aventura de don Ábalos, y a los que se presupone dispuestos a lanzarse en descubierta como candidatos a la presidencia de cualquier comunidad autónoma donde serán inexorablemente derrotados; tal es el destino de doña Montero en Andalucía. Hay un obstáculo atmosférico que explica esta situación. Las políticas de izquierda, siempre posibilistas, parciales y tímidas en un contexto de capitalismo global y desbocado, inquietan a los poseedores y no satisfacen a los desposeídos. La sociedad está tan fraccionada por intereses grupales, quejas sectoriales e identidades particulares, que cualquier medida general, por benéfica que sea,  se ve neutralizada o desacreditada por un zumbido de opiniones reticentes. No es un debate político, y menos una conversación pública, como se dice ahora, sino un barullo de zascas y asertos derogatorios que, inevitablemente, aboca al nihilismo. Estamos a unos pasos de que la mayoría de la sociedad piense que es una buena idea tirarse desde lo alto del acantilado para darse un baño vivificador. Pero el correcaminos es un ave de tierra adentro.