Madrid ha celebrado la cuarta edición del concierto de la resurrección ante ochenta y cinco mil fieles melómanos. No sabríamos decir si son muchos o pocos pero es sabido que a estos eventos son muchos los llamados y pocos los elegidos. En tiempo de predominio de la ideología hippy se intentaba diluir la festividad de este dogma cristiano en la floración panteísta de la naturaleza en el equinoccio de primavera pero en la plaza de Cibeles no hay confusión posible: es un concierto religioso, normativo, que, según conspicuos observadores deportivos, sirve para calentar motores ante la visita del papa en junio, que va a ser la bomba. Desde Juan Pablo II los papas llenan con más facilidad los estadios que las iglesias.
Los signos que anuncian el retorno a la religión en nuestra atribulada sociedad son innumerables, desde el éxito de la película Los domingos hasta los conciertos de Rosalía, que hace una explotación estética muy perspicaz de la imaginación católica, sus ritos y atrezos. La doctrina católica es imbatible en dos aspectos: la riqueza y espectacularidad de sus liturgias y la facilidad con la que perdona los pecados si aceptas su autoridad, aunque sea más por cálculo que por fe, pues el cálculo es mensurable y la fe, gaseosa. La presidenta madrileña doña Ayuso, que pilla las oportunidades al vuelo, ya se ha sumergido en las procesiones de semana santa como si fueran las aguas del Jordán –ahí la tienen, prendida entre soldados romanos, como una mesías cualquiera-, y promueve conciertos religiosos por su salvación electoral como los cristianos viejos encargan misas para la salvación de su alma. Nadie diría a simple vista que doña Ayuso sea una santa pero ni se os ocurra menospreciar el valor de los pecadores para difundir la verdad divina, como nos recuerda el ejemplo de San Pablo. En cualquier momento el caballo que montas puede tropezar en una piedra o en un sondeo preelectoral de Tezanos y entonces, zas, viene la luz.
Los socios de la coalición reaccionaria española pelean por el voto católico. El proyecto de sociedad que preconizan ambos, sea en crudo o diluido en jarabe, nunca ha sido una ideología robusta ni popular en España, así que rutinariamente confían el argumentario y la consiguiente policía de costumbres en la iglesia católica, como sabemos los vejetes que fuimos amamantados en el nacionalcatolicismo. El catolicismo es transversal en la sociedad española y si bien son minoría (un 20%, digamos) los que se consideran católicos, creen en sus dogmas y practican sus ritos, no hay ninguna otra ideología, ni laica ni religiosa, que ocupe en la sociedad el vacío dejado por la normativa católica. Curiosamente, este vacío fue creado por la propia iglesia allá a principios de los sesenta del pasado siglo en el concilio vaticano II. Entonces se trataba abrir el mensaje a la variedad cultural de las sociedades del mundo -misas en lengua indígena- y separar la autoridad espiritual de la iglesia del poder político. El efecto fue asombroso. En la remota provincia subpireanica, por poner un ejemplo conocido por el autor de estas líneas, se vació de golpe el seminario diocesano, se exclaustraron centenares de frailes y monjas y los nacientes partidos de izquierda aparecieron dirigidos por curas obreros y rojos, que trasladaron su misión divina a otra más accesible y terrenal.
El segundo paso en la misma dirección también lo dio la iglesia cuando en los años setenta se formaban los partidos que habrían de protagonizar la transición democrática y el jefe de los obispos se negó a patrocinar un partido democristiano; la derecha política se quedaba, pues, sin el sello de su tradicional referente religioso. La iglesia era de todos. El resultado fue que dos o tres generaciones de españoles han disfrutado más de la libertad que de la misa y lo que queda de los ritos es puro folclore. A la coalición reaccionaria le espera una tarea ciclópea si se propone embutir las procesiones del santo o el guitarreo melódico de los herederos de María Ostiz en la ideología constrictiva y punitiva de hazte oír o de abogados cristianos.
Y aún hay algo más. El regreso a la religión está lejos de prometer paz y armonía. Nada hay más violento e intransigente que las religiones del Libro. Las guerras de religión entre los tres herederos –judíos, cristianos y musulmanes- del viejo cascarrabias que aceptó el sacrificio de su hijo por mandato divino vienen de mil años atrás y aún no han terminado, desde la primera cruzada (1096) hasta el pasado 29 de marzo en que el gobierno israelí prohibió la misa del domingo de ramos en Jerusalén al patriarca latino.
El desasosiego que naturalmente provoca la fe monoteísta se manifiesta en odio hacia los infieles y disciplina sobre los fieles, una combinación letal sin fronteras fijas que puede llevar a guerras domésticas dentro de la misma creencia. Estos días se ha hablado de la amenaza de un cisma (*) proferida por Washington al Vaticano porque el papa romano condena las aventuras bélicas de Trump, el cual no oculta su ambición de ser papa del catolicismo renovado, como el del Palmar de Troya pero con misiles nucleares. No le falta razón a Trump para su pretensión. Desde Constantino, el cristianismo fue fuerte cuando se mantuvo uncido al poder imperial que ahora representa el ogro del tupé naranja.
De añadidura, en el origen del anunciado cisma hay una disputa teológica sobre el concepto de ordo amoris en San Agustín. Por pejigueras así hubo en el pasado guerras y matanzas sin cuento. Según el heredero y vicepresidente de Trump, míster Vance, un converso al catolicismo que ha adoptado al hijo de santa Mónica como patrón de sus pensamientos, la caridad (el orden del amor) empieza por uno mismo, su familia, su clase social, su club de fútbol o de golf y su país y, si se agotan las reservas caritativas pues, como en la sopa boba en los conventos de antaño, los últimos de la cola vuelven a la calle con la escudilla vacía, lo que traducido a la geopolítica actual significa que los putos inmigrantes deben volver a su casa de grado o por la fuerza. El papa Prevost es, además de compatriota de Trump, lo que aún duele más, agustino y de este tema lo sabe todo y tiene una interpretación opuesta: el amor es universal y no reconoce distinciones ni jerarquías. Chúpate esa.
Hay algo enternecedor, aunque no insólito, en que una disputa teológica sobre una disquisición de un tipo que vivió hace mil seiscientos años pueda llevarnos a matarnos a bombazo limpio. Es como si la Historia hubiera resucitado de la muerte a la que le condenaron los globalistas neoliberales en los años noventa y, desorientada, hubiera reemprendido la marcha hacia atrás y no hacia adelante como solía. Bien mirado, los vejetes estamos de enhorabuena. Si vuelve la misa en latín, somos los únicos que podremos seguirla y tal vez nos den el desayuno después unas monjas con toca de alas almidonadas, como una blanca mariposa gigante. Qué tiempos aquéllos.
(*) Nota bene para legos y usuarios de tik tok: Cisma es la ruptura doctrinal y orgánica de la iglesia de Roma. Hasta ahora se han registrado dos en la historia. El cisma de oriente (1054), que alumbró a las iglesias bizantinas con sede en Bizancio y Moscú, aún vigente, y el cisma de occidente con sede en la localidad francesa de Avignon entre 1378 y 1417. El tercero, si se cumple el sueño trumpista, se llamaría cisma atlántico y tendría su sede pontifical en Washington, y en España tendría sus adeptos entre los votantes voxianos.
Ya lo dijo Jesús: “No penséis que he venido a traer paz a la tierra. No vine a traer paz sino espada” (Mateo 10, 34). En el Departamento de Defensa estadounidense, ahora Departamento de Guerra, se celebran desde el nombramiento de Pete Hegseth servicios religiosos mensuales. En el primero de ellos, el principal asesor espiritual del Secretario/Ministro Hegseth dijo a los líderes militares reunidos citando un famoso versículo del mismo evangelio (Mateo, 10, 29: “¿No se venden dos gorriones por unos cuartos? Pues ni uno de ellos cae a tierra sin permiso de vuestro Padre”): “Si nuestro Señor es soberano incluso sobre la caída de un gorrión, pueden estar seguros de que es soberano sobre todo lo demás que cae en este mundo, incluidos los misiles Tomahawk y Minuteman… Jesús tiene la última palabra sobre todo”.