Las olas del mar devoran la costa y los archivos desclasificados, que brotan a borbotones de los sótanos en los que dormitaban, amenazan con arrasar este menguadico pedazo de tierra firme en el que hemos asentado nuestras creencias y convicciones. Ya se ve que el cambio climático se manifiesta de muy diversas maneras y afecta a insospechados aspectos de nuestra azacaneada existencia, pero no hay necesidad de exagerar el resultado. La costa retrocederá unos metros antes de reafirmarse de nuevo y los archivos desclasificados abatirán algún árbol, levantarán algún tejado y proporcionarán algún titular de prensa llamado a animar durante unos días la tertulia en el corral de comedias pero no hay riesgo de que se lleven por delante nada sustantivo. La zozobra está en el futuro y en esta tesitura son más inquietantes las premoniciones que los hechos.
Un ejemplo de hoy mismo. Don Sánchez anuncia que el gobierno desclasificará los archivos del 23F (para los jóvenes que han estudiado la historia en los programas educativos de la democracia, el acrónimo alude al intento de golpe de estado acaecido en España hace ahora cuarenta y cinco años); esto es un hecho. Doña Muñoz, portavoz del pepé, responde que la desclasificación es una cortina de humo, un paso más hacia el colapso total del gobierno; esto es una premonición. ¿Qué acojona más? ¿Va a ser don Sánchez el elefante blanco que esperaban los golpistas en aquella jornada?
La desclasificación de archivos oficiales sobre asuntos de relevancia pública es necesaria y siempre loable por lo que significa de transparencia y salud democrática, como se dice ahora; otra cosa es creer que el agua pasada mueva el molino. Cuarenta y cinco años son muchos años y es improbable que los papeles del 23F vayan a alterar el recuerdo de los supervivientes de aquella época, que tienen su propia memoria, titilante e incierta pero innegociable. Acabo de comprobar en la wiki, no sin asombro, que don Antonio Tejero vive (*); don Felipe González también vive, a dios gracias, pero en este caso no es necesaria la wiki para confirmarlo. En cuanto a los más jóvenes, el desinterés es absoluto. Unos, porque no quieren añadir otro tema al programa de historia del bachillerato y otros porque alguien les ha dicho que aquellos fueron buenos tiempos y aspiran a recuperarlos votando a vox y compañía. No debería descartarse que un efecto de la publicidad de estos papeles fuera la revitalización de la épica del golpismo, que en España tiene una tradición más enraizada y florida que la democracia.
Además, esta eclosión de verdad histórica topa con el espesor de su leyenda. Es como si un hipotético historiador indagara en los archivos del juzgado municipal de Shinbone para saber qué ocurrió de verdad la noche en la que el congresista Ransom Stoddard mató en desigual duelo al bandido Liberty Valance. ¿Qué papel tuvieron en los acontecimientos el granjero Tom Doniphan y su negro Pompey? El 23F también tiene su propia leyenda, acuñada por don Javier Cercas en su novela Anatomía de un instante, que ahora ha sido versionada en una miniserie de televisión. Es difícil que los papeles lleguen a contradecir lo que se cuenta en este cuento. El autor de la historia pidió públicamente al presidente del gobierno que desclasificara los archivos para subrayar de seguido que no aportarán nada a lo ya sabido y publicado. La desclasificación ni siquiera va a servir, opina don Cercas, para frenar los infatigables bulos que han corrido y aún corren sobre el acontecimiento.
La principal de estas hipótesis alternativas versa sobre el papel del rey don Juan Carlos en el golpe. Aquel día, el rey se jugaba el empleo y la institución que lo garantiza, o, para decirlo con sus palabras, estaba en juego el destino de la Corona y del país. Por este orden. La situación era esta: la clase política legitimada por la Constitución democrática que él había avalado estaba secuestrada y los generales del ejército le rendían una lealtad vicaria, no por sí mismo sino porque se la debían en primer término al generalísimo que le había nombrado heredero. La cavilación del rey novato debió incluir la experiencia familiar que le recordaba que monarquía y gobierno militar no son compatibles, como experimentaron, su abuelo Alfonso, su padre Juan, y su cuñado Constantino. Así que dedicó varias horas –larguísimas horas- a conocer la situación y las indagaciones le debieron confirmar que el golpe era una chapuza y que los generales con mando en plaza no se sumarían a los golpistas sin su real permiso, y eso fue todo. Don Juan Carlos de Borbón no fue aquel día ni un héroe ni un villano, solo un tipo que defendió su empleo y de paso libró al país de un malísimo trago. Después, los diputados que salieron del secuestro con el miedo aún en el cuerpo y el país que había padecido el monumental susto construyeron lo que podríamos llamar una democracia idolátrica en la que el rey imaginario era un ser providencial, salvador de la democracia, mientras el rey real se daba la gran vida de la que a su debido tiempo conoceríamos los detalles. Ya veremos si los papeles desclasificados enmiendan esta versión.
(*) P.S. 25 de febrero de 2026. El teniente coronel Antonio Tejero muere en su casa de Alzira mientras todo el país comenta los papeles desclasificados de su obra magna: el asalto al congreso de los diputados al mando de una partida de guardias civiles para reinstaurar una dictadura militar o lo que fuera que se proponía.
‘Democracia idolátrica’ es un buen sintagma. Deberías patentarlo.
Ja, a ver si conseguimos monetizar estas ocurrencias.