En España ha tenido muy escaso eco, o ninguno, para ser más preciso, la demostración de Bad Bunny (Benito Antonio Martínez Ocasio por nombre propio) en la Super Bowl, quizá el acontecimiento deportivo más seguido del mundo con ciento veinticinco millones de espectadores. De hecho, si se inquiere hoy en Internet por la noticia, las primeras referencias que ofrece el buscador son de cabeceras anglosajonas, que califican el espectáculo de lección histórica. La explosión de creatividad de Conejito Malo puso a la defensiva al mismísimo emperador de la cresta naranja que soltó un esputo de odio. El presidente de la república no solo no entiende sino que rechaza la lengua y la cultura de cincuenta y siete millones de ciudadanos de los que más de cuarenta millones son nativos y entre todos vienen a constituir casi el veinte por ciento de la población; Estados Unidos es el segundo país del mundo por número de hispanohablantes, después de México.
Pero la noticia del telediario cayó en un paisaje de olivares y viñedos inundados por los sucesivos temporales de este invierno de nuestro descontento, subrayado por el afligido parloteo sobre las elecciones aragonesas. Ni vox, el partido revelación de los comicios e inventor de un artefacto mental que llaman iberosfera, se dio por aludido ante el canto general de lo que antes se llamaba con gran pompa hueca la hispanidad. Entre la ensoñación nacional y la lealtad servil al amo del cotarro, los voxianos eligen a Trump como su ancestro eligió a Hitler primero y a Eisenhower después.
Demasiado tarde. Doña Ayuso, falangista juvenil, ya se ha adelantado a todos en el ejercicio de bailarle el agua al jefe al que otorgará la Medalla de Madrid, según ha anunciado por videoconferencia en The Hispanic Prosperity Gala, un festejo privado del boss en su residencia de Mar-a-Lago. El nacionalismo español es de pata corta y propenso al ridículo porque tiene que cohonestar ensoñaciones imposibles y realidades miserables. La plata del Potosí y la hambruna perenne de la Meseta Central. Fue así desde el principio. En el cénit del imperio donde no se ponía el sol, el genio nacional inventó a un noble hidalgo apaleado y a un su escudero que hoy sería concejal del pepé en el municipio de Barataria.
Y hablando de carencias ibéricas, don Feijóo ha perdido la oportunidad, otra más, de aliviarse del fiasco aragonés celebrando la victoria cultural de Bad Bunny y de este modo apartándose, al menos en un plano simbólico, de la pegajosa compañía voxiana y de su celosa y peligrosa competidora por el cetro, doña Ayuso. En la calle Génova deberían sustituir los cursos de estrategia política por lecciones de reguetón para cuadros y dirigentes del partido. Quién sabe, quizá a don Tellado y a doña Gamarra les guste y les ayude a cambiar su habitual registro oratorio punitivo y amargado por otro más jovial. Si el reguetón ha conseguido cabrear a Trump, quién dice que no pueda tener el mismo efecto desconcertante en don Sánchez. Bailar reguetón es más barato y menos frustrante que convocar elecciones cuando las cosechas están arruinadas bajo las aguas del diluvio, y enviaría un mensaje de humanidad y esperanza a los millones de inmigrantes que su futuro socio de gobierno quiere devolver al mar. Aunque también para eso es tarde porque doña Dolors Monserrat ya está en Bruselas haciéndose un vox y agitando el caldero contra la regularización de inmigrantes impulsada por el gobierno español.
El alarde de Bad Bunny ha coincidido en el tiempo con una iniciativa de congresistas de la oposición a Trump para que se derogue la Doctrina Monroe, que Trump ha recuperado para su operativa neoimperial. Esta doctrina fue promulgada en 1823 por el presidente que le da nombre y tenía como finalidad frenar intentos neocoloniales europeos sobre el continente americano porque cualquier iniciativa en ese sentido se consideraría un ataque a Estados Unidos. La fórmula convertía al continente en un protectorado de Washington y consagraba el derecho de este a intervenir en las demás repúblicas independientes ya constituidas, que Bad Bunny citó en su espectáculo para reclamar la singularidad y soberanía de cada una en una fraternidad de naciones unidas por el lazo de la lengua. En el siglo XX la Doctrina Monroe sirvió para extender los intereses de Estados Unidos en el Caribe y América del Sur sin excluir la imposición de dictaduras de violencia extrema y la última manifestación es el ataque a Venezuela y la captura de su presidente, dejando, eso sí, intacta la estructura autoritaria del régimen que presuntamente se quería derrocar. Sin perder comba, doña Ayuso ha invitado a Trump a intervenir en México, Cuba y Nicaragua para acabar con esos narcoestados de izquierda. El aprendizaje del reguetón empieza a ser urgente.