Una de las (pocas) virtudes que adornan el entendimiento de los viejos es su sensibilidad para el lenguaje. Tiene lógica; las palabras moldean, señalan y/o  enmascaran los hechos y a la gente de edad, que suele tener una idea estática o fosilizada de la realidad, les chocan y desconciertan los nuevos modismos, sinonimias y locuciones que profieren la tele, las redes sociales y otros púlpitos de predicación. Aquí se examinan algunos ejemplos.

De mayor a menor en la importancia del mensaje, empecemos por un texto sagrado: el padrenuestro. Cuando los curas nos educaban como dios manda se nos dijo que era una oración inmutable porque había sido enunciada por el mismísimo Jesucristo, toma ya. Sin embargo, entre la versión que se aprendió en aquella época feliz y la que se recita ahora hay una diferencia mínima, pero precisamente por eso, intrigante. En el segundo parágrafo de la plegaria se decía entonces, perdónanos nuestras deudas como nosotros perdonamos a nuestros deudores, y ahora las deudas han mutado en ofensas. El desliz textual lo impuso la autoridad competente bajo el reinado del papa Wojtyla, allá por los primeros años noventa, cuando la eclosión de la globalización neoliberal, el imperio de la economía financiera y la revolución conservadora que están en el origen del sindiós del que disfrutamos ahora. El cambio lingüístico se hizo para dar justificación divina a sociedades de endeudados a perpetuidad y ofendidos por cualquier causa. La hipoteca del banco quedó fuera del diálogo con dios pero cualquiera puede sentirse ofendido por los inmigrantes, los impuestos, las vacunas, el gobierno o lo que le pete, y reclamarlo ante quien corresponda, dios padre incluido. Lo dijo Jesucristo.

En un estrato más terrenal del lenguaje, donde se moldea el estado de ánimo  del público, se registran entre otros dos caprichos semánticos novedosos y muy frecuentados: democracia liberal y terrorismo doméstico. En nuestra remota juventud se decía que la democracia no tiene adjetivos; entonces estaban en uso dos: democracia popular, que aludía a las dictaduras comunistas, y democracia orgánica para la dictadura franquista. Democracia liberal es un pleonasmo porque ningún régimen puede calificarse de democrático si no contiene los ingredientes básicos del liberalismo político: libertades cívicas universales, pluralismo de partidos y equilibrio de poderes. El antónimo, democracia iliberal, es un oxímoron, aunque su uso denota las dificultades de la convivencia de la democracia política con las exigencias y el comportamiento de los mercados. Una democracia funcional, perdón por el adjetivo, requiere una distribución equitativa de las rentas de la nación, exigencia que está lejos de cumplirse en las actuales democracias del planeta y da lugar al segundo término pintoresco que referimos aquí.

Terrorista doméstico es un ciudadano en plena posesión de sus derechos civiles que sale a la calle, o quizá en su propia casa, y es asesinado por la policía. Es el remoquete que han recibido la mujer y el hombre tiroteados por los squadristi del presidente Trump en Minneapolis. Esta milicia esta formada en buena parte por antiguos combatientes de las guerras de Irak y Afganistán y guarda una inquietante similitud con los Freikorps alemanes durante la República de Weimar. El término terrorista sobrepasó su significado originario de criminal político perteneciente a un pequeño grupo muy fanatizado para señalar a poblaciones enteras de países considerados enemigos de estados dominantes; esta difusión indiscriminada del apelativo terrorista tuvo lugar durante la guerra contra el terror decretada por Estados Unidos a raíz de los atentados contra las torres gemelas de Nueva York en 2001.  El calificativo doméstico es un matiz que se entiende dentro de este marco nocional en el que los terroristas son naturalmente extranjeros (genéricamente, los inmigrantes), aunque a veces hay excepciones domésticas surgidas del vecindario, tantas como se les antoje a las brigadas de asalto del gobierno.

Las últimas veleidades del lenguaje público que recogemos en estas líneas  son casi imperceptibles pero muy tenaces, proferidas, respectivamente, por políticos y periodistas. Los primeros han adoptado la preposición ‘desde‘ en sustitución de otras preposiciones alternativas que denotan proximidad e inmediatez, como ‘con‘ o ‘por’, y los segundos se valen del pronombre demostrativo ‘ese/esa‘  en lugar del artículo determinado ‘el/la‘.  Los políticos hablan ‘desde la responsabilidad’, ‘desde el cariño’, ‘desde la firmeza’, etcétera, y los periodistas de medios audiovisuales se refieren a ‘esa reunión’, ‘esa sentencia’, ‘ese acuerdo’. En los dos casos, los hablantes establecen una distancia respecto a la materia de su discurso. Los políticos recurren a un énfasis impostado, inseguros de la autenticidad de sus sentimientos y razones, y los periodistas ofrecen su crónica como si quisieran mantenerse alejados de los hechos que cuentan. El efecto en el oyente es de irrealidad, de cuento chino, y da vértigo.

Lo que se detecta en estas imperceptibles mutaciones del lenguaje no es inocuo. Nos hace intuir que hemos perdido la confianza del altísimo, somos sospechosos ante los gobiernos elegidos con nuestros votos y nos abandonan a nuestra suerte los políticos y periodistas encargados de gestionar y explicar la realidad en la que vivimos.

¡Estos viejos! Siempre exagerando.