No es buena idea descargar sobre los hombros de una sola persona la doble y contradictoria misión de velar por la seguridad del pasaje mientras se está distraído en polémicas con el vecindario. El código de circulación proscribe la consulta del móvil mientras se pilota un vehículo. El accidente ferroviario de Angrois (2013) provocó setenta y nueve víctimas mortales y la causa, según ha dictaminado la justicia, fue una llamada telefónica que el maquinista atendió indebidamente mientras el convoy circulaba a velocidad excesiva.

Probablemente, no hay cartera ministerial más intimidatoria en tiempo de paz que la de transportes, tanto más cuando la movilidad de personas y bienes se ha multiplicado exponencialmente hasta el punto de tener que adjetivarla como sostenible y destacar este adjetivo en el título del ministerio. Sostenible o no, los viajeros y sus cuitas, cualquiera que sea el medio de transporte que elijan, ocupan cada día una buena cuota de la actualidad informativa y millones de personas viven pendientes de los paneles de tráfico aéreo o ferroviario, del estado de las carreteras, del coste de los billetes, del tamaño de su equipaje de mano y de la calidad de los sándwiches que sirven las compañías de transporte.

Don Óscar Puente aceptó sin pestañear el compromiso de velar por la felicidad de estas miríadas de nómadas, como si pudiera hacerlo con la mano izquierda mientras con la derecha polemizaba con los incontables abejorros que asedian al gobierno en las redes sociales, función esta última que ha venido desempeñando con tal dedicación  y eficacia que se ha ganado el segundo puesto en el odio rediario, después de don Sánchez, la pieza principal de la cacería. De hecho, puede decirse que era el único ministro que producía opinión en un gobierno que ha apostado por una política muda de hechos y golpes de efecto y cuyas ministras y ministros se caracterizan por una desconcertante atonía comunicacional, asediados por las olas de verborragia hostil que inundan la conversación pública. Y entonces, pum, llega lo de Adamuz: cuarenta y cinco víctimas mortales, ciento y pico heridos y el consiguiente carrusel de emociones: sorpresa, estupor, confusión, dolor, desconcierto, alarma, miedo y por último, inevitablemente, resentimiento y desconfianza hacia el gobierno, todo ello multiplicado exponencialmente por los ecos y reflejos del universo mediático. Las emociones se disiparán en unos días, pero los hechos quedarán para siempre.

El ministro don Puente es un político valiente, claro y honesto, que ha explicado y defendido sin titubeos y con precisión las tareas de investigación del suceso, desarrollada con insólita celeridad si se tiene en cuenta los precedentes (el mazonismo de la dana en Valencia, por ejemplo), pero la primera conclusión oficial, si bien provisional, sobre las causas del accidente no es tranquilizadora: una ruptura del raíl inadvertida por las celosas inspecciones que al parecer se hicieron con puntualidad prusiana, una melladura en la joya de corona del reino de España que es la red de alta velocidad. Eso quiere decir, al margen de las responsabilidades personales o corporativas, que habrá que aumentar el gasto público dedicado al sostenimiento del sistema de ferrocarriles y llevará a cuestionar la funcionalidad de ese antojo de nuevos ricos que es la alta velocidad.

Al accidente de Adamuz no tardó en sumarse el de la red de cercanías de Barcelona, como si esta hubiera sufrido un ataque de celos y no quisiera quedar marginada en la atención pública por otros acontecimientos novedosos. En Rodalies ha habido una víctima mortal pero no sorpresa: las cuitas de esta red datan de décadas atrás y no parecen tener fin previsible. Ni el pujolato, ni el prusés ni los indultos ni la amnistía ni Waterloo ni el trío Sánchez/Illa/Junqueras le han puesto remedio. El embotellamiento histórico de Cataluña está en la estación de Sants.

Trenes. Hablamos de política real, la que se rige por la física newtoniana, de pesos y medidas perceptibles y cuantificables, de engranajes articulados y soldaduras firmes, de vectores que salen de un punto y se dirigen a otro, ambos discernibles, y no de la llamada guerra cultural, que se expresa en un titilante código binario e impregna el espacio de las comunicaciones de una niebla tóxica e irritante. Don Óscar Puente creyó que podía ser a la vez maquinista y tuitero, pero ¿qué hay con los que estaban vivos y ahora están muertos y no son el gato de Schrödinger?