Nunca hubo paz en los reinos del dios del Sinaí, el colérico que ordenó a Moisés que estampara las tablas de la ley contra las cabezas de la grey irredenta.  Nunca hubo paz, a menos que llamemos así a la fachada de elcorteinglés o a las innumerables bombillas del alcalde de Vigo al borde de la histeria lumínica. Nunca hubo paz, ni con el dios del antiguo testamento ni con sus sucesivos avatares históricos, a los que adoramos aquí y allá en esta parte del planeta. Este año, unos misiles de clase tomahawk lanzados desde un crucero de guerra surto en el golfo de Guinea han impactado a dos mil kilómetros al norte  en lugares indeterminados con efectos desconocidos.

Nada más se sabe del ataque, ni su objetivo material, ni su eficiencia destructiva ni las causas reales del disparo, excepto lo que ha proclamado su autor, el emperador de occidente, que eran para vengar a los cristianos de la vesania de los musulmanes. El misil tomahawk es la estrella de belén. Los progres sabihondos se han apresurado a deconstruir esta prédica. En Nigeria, lugar de los hechos, la población es musulmana y cristiana por mitad y no hay persecución religiosa, si bien una parte del país es ingobernable y en ella se cruzan intereses económicos y políticos locales e internacionales y bandas criminales o terroristas, para usar el término canónico, campan a sus anchas. El gobierno nigeriano ha tenido que aceptar la bravuconada del emperador senil y ha reconocido que el ataque se ha producido con su concurso, lo que no añade más luz al incidente. Los progres se empeñan en descubrir la verdad empírica sin querer percatarse de que la verdad es una agregación de leyendas que envuelven el vacío como la piel de la cebolla.

Malos tiempos para los progres y para la verdad. Aquí se ha repetido estos días la consigna de que vuelve la religión. ¿Pruebas? El nuevo disco de una cantante de moda y una película, a las que se ha sumado el rutinario engallamiento del jefe de los obispos contra el gobierno. Para celebrarlo, la virreina de Madrid ha cedido el balcón principal de la sede del gobierno regional y la plaza que la rodea a una asociación juvenil que canta villancicos rancios y noños con el entusiasmo de quien ha descubierto el Mediterráneo. La misma virreina y su ectoplasma, don Feijóo, estaban en primera fila haciendo coro a los neocatecúmenos.

Un periódico adscrito a la coalición reaccionaria ha perimetrado el espacio social donde se registra este retorno a la religión: jóvenes, clases medias-altas y mujeres que votan a don Sánchez. Una triada sociológica muy pintoresca. Los dos primeros vértices del triángulo representan al mismo segmento porque son jóvenes que descubren su pertenencia a la misma clase bienestante que sus padres y aparcan su rebeldía generacional porque han descubierto que lo verdaderamente revolucionario es cantar villancicos para acabar con el usurpador de La Moncloa. Son los mismos jóvenes que en verano visten una camiseta con el lema que te vote txapote. El tercer vértice del triángulo es más intrigante: mujeres que votan a don Sánchez. Va a resultar que la predicación acusatoria de don Feijóo, cual Isaías redivivo, jalonada de expresiones sicalípticas –prostíbulos, puteros, abusadores- para referirse al entorno de don Sánchez va a dar fruto, y he aquí que las mujeres que seguían al felón lo abandonan para tomar los hábitos en un convento de clarisas.

El disoluto Trump se convierte al cristianismo y bombardea al diablo que habita en algún lugar del desierto subsahariano porque es sabido que los desiertos están poblados de demonios a los que no vemos pero que pueden ser exorcizados con la media tonelada de explosivo que porta un misil tomahawk y en España la llamada del espíritu está dejando solo a don Sánchez. Arrodillaos ante el cristo-hostia [sic], predican los jóvenes que cantan villancicos en la Puerta del Sol.

La religión es un signo de la cercanía del desastre. Se lo dice un viejo que se crió en las pompas del nacionalcatolicismo. La religión sirve para creer que hay una vida mejor cuando la vida real es invivible y ayuda a repartir el pastel entre justos y pecadores. En los buenos viejos tiempos, la religión servía para obtener una licencia de explotación de un estanco de tabaco mientras los réprobos fumaban colillas encontradas en el arroyo. Aplicada a este tiempo la utilidad de la metáfora permanece intacta: la virreina de Madrid canta villancicos mientras su pareja se enriquece con el estraperlo de  mascarillas durante la pandemia y el amigo del proxeneta Epstein busca la salvación bombardeando una jaima de tuaregs bajo las estrellas del cielo.