Las comisiones parlamentarias de investigación son tediosas y repetitivas como una misa dominical. Los fieles asisten en escaso número a sabiendas que podrán distraerse en sus cosas mientras discurre la celebración. Mismo ritual, mismas lecturas, mismos sermones. La voz del presidente dando y quitando la palabra a los intervinientes opera como la campanilla del monago anunciando los tránsitos de la liturgia. Nadie sale cambiado de una misa ni de una comisión parlamentaria; quizá ese es el objetivo y lo que da estabilidad a ambas instituciones, que aspiran a representar momentos agónicos y solemnes pero lo hacen en un tono quedo, amodorrado, cansino, que permite a los asistentes olvidarse de lo que están presenciando.
En esta atmósfera y con este ánimo el viejo se ha detenido en la comparecencia de don Santos Cerdán ante la comisión del senado que investiga, conoce, juzga, interpreta, cómo decirlo, las artes e industrias de este personaje anteayer desconocido, ayer hombre de confianza del presidente don Sánchez y hoy bajo indagación judicial por ciertos presuntos enjuagues económicos que tienen encaje en el código penal. Añadiremos que la curiosidad del viejo viene empujada por lo que podríamos llamar interés etnográfico, pues el protagonista es paisano de esta remota provincia subpirenaica famosa, entre otros motivos de mejor mérito, porque el partido socialista local se muestra incorregiblemente pródigo en zascandiles que de tanto en tanto sacan los colores al vecindario.
Don Santos Cerdán es bajo de talla, robusto, cabeza maciza, expresión paciente y mirada inexpresiva que parece ocultar una gran astucia y fortaleza. Un campesino meridional. U curtu, piensa el espectador, dios le perdone. U curtu es el mote con que se conocía a Salvatore Totó Riina, el último jefe de la mafia siciliana. Si alguien cree que a un tipo así se le puede sacar una palabra que no quiera decir, y menos en un marco tan artificioso y narcisista como una comisión parlamentaria, ya puede desengañarse. El compareciente ante los senadores viene de un resentimiento antiguo de pocas pero muy precisas palabras y cree que el bienestar común empieza por uno mismo y su familia. La política es negocio de las clases medias urbanas pero hay contadas ocasiones en que estas desertan masivamente de sus funciones y dejan asientos libres en el peugeot del futuro. Ahora, apeado del vehículo, está solo y toca apretar los dientes y callar.
¿Cómo pudo don Sánchez cooptarle para el puente de mando? Quizá la explicación es sencilla. Don Sánchez es un triunfador natural, un resuelto político de acción, como lo fueron antes don Adolfo Suárez, don Felipe González y don José María Aznar, un caballero audaz que se vio desasistido por los suyos y en el momento decisivo echó mano de quienes le mostraron lealtad con hechos. Una lealtad interesada que don Sánchez no puede o no quiere advertir porque está demasiado arriba para detenerse en esas minucias. Se tomó cinco días de asueto para discernir los efectos posibles de una investigación judicial sobre su esposa, pero no dedicó ni un segundo a preguntarse sobre las habilidades de sus hombres de confianza.
La comisión parlamentaria no está para indagar ese hiato entre el escudero y el caballero sino para lo contrario; para afirmar, resaltar, martillear, cómo decirlo, el nexo que une al villano con el presidente del gobierno. El compareciente es el obús disponible contra la poltrona presidencial. Pero los acusadores carecen de pruebas de cargo y el villano no confiesa en el potro. A medida que avanza la sesión indagatoria, los discursos de los senadores se convierten en una papilla verborreica y la cabeza inexpresiva, maciza, de don Santos Cerdán adquiere la extraña autoridad que otorgan la impasibilidad y el silencio. Las réplicas que se permite a la catarata de insinuaciones y reprobaciones que vierten sobre él son pocas, breves e incisivas, pero captan la atención y despojan de sentido a la jerigonza que le envuelve.
Don Santos Cerdán representa una lacra congénita de la política española que las élites no quieren ni siquiera mirar de frente e intentan exorcizar con sesiones de circo verbal como la que se ha celebrado hoy en la sede senatorial de la calle Bailén de Madrid.