El recuerdo de Franco da pereza; sobre todo porque no te hace más joven, que es la pretensión de los que tienen, tenemos, algo que recordar. Esta pereza impregna también los recordatorios dedicados en prensa y televisión, que no cuentan nada que no sepamos a quienes vivíamos en aquellos días y no interesan gran cosa a los que aún no habían nacido y ahora ya son talludos, para no mencionar a los jovenzanos a los que el mensaje les llega como a quien oye llover.
Ari tiene quince años y su abuelo le pregunta qué están estudiando de historia en el instituto. La nieta levanta la mirada de la pantalla del móvil y responde: Mancini y eso. ¿Henry Mancini, el compositor?, será Manzoni, si estáis estudiando el romanticismo, orienta el viejo, profesoral y didáctico. No, Musoni o algo así, aviva la memoria la chica. ¿Mussolini?, inquiere el viejo orientándose como lo haría el algoritmo de google. Sí, Mussolini, estamos con el totalitarismo y todo eso, concluye la chavala satisfecha de poder volver a tiktok. El viejo evoca para sí en voz alta, será Mussolini, si estudian el totalitarismo, eso cuadra, a sabiendas de que la atención de la nieta está en otra galaxia. Pero no seas hipócrita, viejo, le dice su conciencia: ¿tú sabías algo de Mussolini a los quince años? Si ni siquiera sabías nada de Franco y lo tenías sentado sobre la cabeza.
¿Por qué hemos de creer que el progreso consiste en que los jóvenes aprendan de la vida de los viejos? Lo que ocurre hoy tiene poco que ver con el recuerdo o el olvido del pasado. La memoria es intransferible y sirve a una generación, no a las siguientes, que cultivarán la suya propia. El paso del tiempo y los avatares de la realidad son un continuum, no un hilo narrativo. El tópico de que la ignorancia de la historia lleva a repetirla es equívoco y ha hecho mucho daño. Si nos parece que la historia se repite es porque somos los mismos en circunstancias similares. Si el nuevo avatar del franquismo vuelve estos días es porque nunca se ha ido.
El parlamento, en su función pedagógica, nos lo ha recordado y ha conmemorado los cincuenta años de democracia enfrascado en una rutina de intercambio de improperios y zascas a propósito de la corrupción, la marca congénita de la política española desde que se creó el reino, cualquiera que sea el régimen imperante en cada momento. El historiador Paul Preston lo ha documentado desde la restauración borbónica en el último tercio del siglo XIX (Un pueblo traicionado, editorial Debate, 2020). En cada periodo histórico el objetivo anhelado se malogra por causas diversas pero en las que siempre está presente la corrupción. Una explicación recreativa de este tenaz rasgo de nuestra vida pública es que la clase política está formada mayoritariamente por gentes de lo que llamaríamos clase media aspiracional, es decir, tipos con las manos en los bolsillos en busca de algo que no requiera mucho esfuerzo y premie el ingenio, la audacia y la desenvoltura, lo que lleva a que leamos los informes policiales filtrados como episodios de novela picaresca. La desmoralización que crean se ve de inmediato paliada por la distracción que proporcionan. A la postre, todos somos vecinos del Patio de Monipodio.
Ya ves, querida, empezamos a hablar de Franco y estamos con Rinconete y Cortadillo. Este tránsito mejora el humor del memorioso, que hace un descubrimiento: lo que cambia es el lenguaje. No los hechos sino el modo de contarlos. El pasado es irrecuperable, ya sea para enaltecerlo o para denostarlo. Si lo sabrá el viejo, que disfrutó de la música de Henry Mancini como su nieta disfruta con la de Taylor Swift.
Otra perla !!!!
Pienso en el pobre Shumpeter, que se dejó en el tintero esta clase de «empresario»
Un paseo por la historia de España y por España mismo hubiese ampliado y mejorado su teoría y loa de la figura empresarial.
Al empresario él lo percibía como un señor serio, ingenioso, dispuesto a sacrificar sus ahorros, su familia, su tiempo libre, recorrer los tortuosos caminos de la banca de crédito, altruista, emprendedor (claro ¡), honrado, visionario, tenaz,……
No pensó que podrían existir “empresarios» que se dieron cuenta que hasta desde una concejalía de urbanismo de un municipio marginal, sin poner un duro y a penas dedicando tiempo al asunto y muchas veces desde un prestigioso restaurant o de una no menos prestigiosa batida de perdices financiados ambos por el erario publico podía forrarse en un tiempo récord.
Se le criticó al pobre Schumpeter (socialista, además) por haber proporcionado un salvavidas al Capitalismo y haber transformado el glorioso binomio Capital-Trabajo en el justo trinomio Capital-Trabajo y … Empresario.
Pero nunca apareció una crítica lazarillesca o rincocortadillera del ibérico individuo mencionado.
Gracias por habérnosla proporcionado y además con buena literatura de por medio.