La generación del viejo vive, vivimos, en un estado de apocalipsis mental, no se sabe si porque sentimos el galope de los cuatro jinetes sobre nuestros huesos ya casi bajo tierra o porque nuestra experiencia -innata o adquirida, directa o inducida- nos hace ver un sombrío paisaje que nadie más ve, a juzgar por los contenidos de actualidad en la tele y en internet, que, incendios forestales y retrasos en los aeropuertos aparte, se nos muestran alegres y confianzudos. Esta disonancia cognitiva en la ciudad sitiada lleva a uno de los frecuentadores de este rincón a enviar sus comentarios con el seudónimo de Casandro, ya saben, la princesa troyana a la que Apolo otorgó el don de la profecía pero que, al negarse esta a concederle sus favores sexuales, el dios la condenó a que nadie creyera sus palabras. Casandra fue la única que vio que el famoso caballo llevaba en su panza guerreros griegos, con el resultado sabido.

Los viejos ya no estamos para ofrecer o denegar favores sexuales a nadie pero la manía profética sigue intacta. Entre nosotros hay un urgente intercambio de recuerdos y memoriales sobre las catástrofes del siglo XX. Días atrás, este viejo recibió la recomendación de un amigo para que visionara un documental sobre el impacto de la primera guerra mundial en la población civil europea, titulado 14 Diarios de la Gran Guerra (Jan Peter, 2014), una serie de ocho episodios en los que se relata el arco de experiencias y sentimientos de los europeos desde el inicial entusiasmo bélico (1914) hasta el abatimiento absoluto por los efectos de la contienda (1918).

Aquella llamada la gran guerra, destinada a acabar con todas la guerras, preludió una segunda edición aun más terrorífica y destructiva, apenas veinte años después. En la Europa moderna, cada guerra engendra la siguiente y la que lleva incubándose desde hace tres años en Ucrania, es resultado del final, siempre fallido, de la anterior, que terminó en 1945. Ahora, como en 1914 y 1939, los dirigentes europeos van de mesa en mesa y de negociación en negociación como los sonámbulos emperifollados de hace un siglo, lo que hace imposible discernir si sus palabras y gesticulaciones se deben a acciones reales y positivas o son sacudidas nerviosas de una pesadilla interminable de la que no pueden despertar y la que nos arrastran a todos.

El relato de Diarios de la Gran Guerra está urdido a través de los apuntes, reflexiones y observaciones contenidas en catorce diarios personales que ciñen y dan sentido al material cinematográfico de archivo. Sorprende que en época tan temprana de la fotografía y el cine hubiera disponible tal cantidad de documentos de detalle, capaces de ilustrar con gran vivacidad los pormenores de la guerra sobre todo en sus efectos más atroces y sin duda ocultados en su momento por los aparatos de propaganda de la época. Los testimonios individuales, someramente ficcionados, y el acopio documental conforman un relato demoledor, inapelable.

El impacto causado coincide en el ánimo de este espectador con la noticia de un próximo estreno de otra versión del juicio de Núremberg en el que el actor australiano Russell Crowe interpreta al mariscal Goering. Dejando de lado lo que el proyecto tiene de cansancio de la gran industria cinematográfica para encontrar temas atractivos al gran público, podemos preguntarnos si es necesario que el prolífico actor preste su carnoso rostro a Goering para que sepamos quién fue este personaje. ¿Qué aporta al conocimiento de la historia esta película, como la que el año pasado dedicaron a Goebbels? Estas pelis de las que el nazismo ha sido una fuente inagotable de inspiración no son más que caricaturas, entretenimiento que no ha impedido que los herederos de los tipos caricaturizados estén otra vez entre nosotros sin maquillaje y a cara descubierta, aunque el público que sale del cine no les reconoce.

Casandra entiende lo que ha ocurrido. Los troyanos sabían que el caballo dejado en la playa por los atacantes griegos era un macguffin, un chisme en sí mismo insignificante pero necesario para que avance la historia, y a los troyanos les gusta el entretenimiento. Los más listos sabían que el armatoste tenía mal fario, como advertía ella, pero prefirieron esperar al fin de la película. El buen público no soporta que le destripen el desenlace. En cuanto a la tercera guerra mundial aún estamos en los créditos.