Uno de los tópicos de conversación para taponar el tedio entre desocupados surge cuando un contertulio suelta la ocurrencia de que le gustaría haber vivido en el Imperio Romano. El tipo no suele verbalizarlo pero se sueña tumbado en triclinio, ocio y sexo a porrillo, mientras urde cabronadas contra sus enemigos, que son todos. En épocas más pudorosas y timoratas, el modelo soñado era Peter Ustinov en Quo Vadis o Malcolm McDowell en Calígula pero ahora mismo no se necesita ver Gladiator 2 para dar forma a la ensoñación, basta mirar el telediario.
El emperador visita una de sus fincas privadas, situada a cinco mil setecientos kilómetros de la capital del imperio y dedicada a un estúpido jueguecito de oligarcas consistente en golpear una bolita con un bastón para introducirla en un agujerito abierto en las ondulaciones de una pradera ubérrima, y a este predio convoca a la jefa de una coalición de tribus con muchas ínfulas pero débiles y acomodaticias para tratar de los impuestos que, a su imperial juicio, le debe esta coalición. En resumen, las tribus pagarán un quince por cierto de aranceles en todos los productos que quieran vender en la capital del imperio; además comprarán energía al emperador por 640.000 millones de euros y aportarán capitales a la industria imperial por 510.000 millones de euros, sin contar un mandato anterior por el que las tribus se sometieron para dedicar el cinco por ciento de todo lo que produzcan a comprar armas en las industrias del emperador.
La imagen que ilustra esta reunión da noticia de su resultado. El emperador comparece despatarrado sobre su sillón, abierto de piernas para acomodar el aparato genital que cubre con una suerte de estola dorada que le cuelga del cuello, reluciente como un dios bajo su aureola capilar del color del sol y gesticulante con los brazos abiertos como si abarcara con ellos el orbe que le pertenece. Frente a él, la jefa de la coalición tribal, pulcra, recogida, modosa, atiende la perorata del emperador. Visto en perspectiva, el cuadro bien podría ser la enésima representación de una violación de Zeus, y más vale que el símil no se le ocurra a alguno de los lacayos semiletrados de su corte en Washington porque excitaría la insaciable vanidad del emperador y encargaría su realización a ese nuevo pintor de corte que se conoce como IA.
Podemos imaginar a frau Von der Leyen convertida en Leda, Ganímedes, Rea o Dánae, aunque el personaje que mejor le cuadra a la benemérita dama, porque lo representa, es la princesa Europa, que se dejó seducir por el dueño del Olimpo convertido en un toro bravo. La leyenda mitológica cuadra a la realidad de los hechos ya que cuenta que Europa recogía flores en un prado cuando Zeus la secuestró. Quién sabe si el prado no era el del club de golf de Turnberry (Escocia). Hace décadas que la unioneuropea no hace otra cosa que recoger flores del jardín que, oh, sorpresa, es propiedad de Zeus Tonante.
En este trance conversacional donde los desocupados discuten la conveniencia de volver a la época del imperio romano siempre hay un cenizo que rechaza la ocurrencia porque a él le tocaría de galeote en un trirreme. En esta ocasión, la voz discordante ha sido la de don Sánchez, que preguntado al respecto del acuerdo comercial cerrado entre Trump y Von der Leyen ha respondido: respaldo este acuerdo comercial, pero lo hago sin ningún entusiasmo. Y tanto, ¿a quién le gusta ser condenado a galeras?
Lo de siempre. «La Historia no se repite pero tartamudea». gracias por ese lirico y mitologico recuerdo