William Faulkner ha sido aludido en el proceso del prusés y, abierta la veda de las citas literarias con afán recreativo, bien podría cuadrar banderas sobre el polvo como título del relato epilogal del procedimiento: la deposición última de los acusados. Todos ellos en distintos tonos han formulado una doble retórica de justificación de su conducta y de reafirmación de sus actos. Los más engallados han desafiado a los jueces; otros han recurrido a un tono confesional sin renuncia del argumento principal. Eran discursos dirigidos a los suyos y (qué más quisieran) para la historia, también para darse valor a sí mismos, insertos en el guión indepe de que son víctimas de un juicio político en el que un estado opresor e ilegítimo ha sentado en el banquillo al senatus populusque catalaunorum. Al término del proceso y del prusés, sus promotores han decidido volver a la casilla de partida, de la que quizás nunca se han movido. El discurso indepe está aquejado desde el principio de un romanticismo ensimismado  y de un penoso déficit de realismo histórico, que en los espectadores más alejados del teatro de operaciones, como este escribidor, aquejado de simpatías catalanistas, produjo sentimientos entre la perplejidad inicial y el fastidio final, por no mencionar el sentimiento de fraude y la irritación consiguiente que ha dispensado entre los catalanes mismos. Banderas sobre el polvo.

El estado español ha evidenciado una condición muy rocosa, léase como se quiera, al instruir y llevar a cabo un proceso de estas dimensiones y con estas resonancias sin afectar a sus propias rutinas judiciales, electorales y políticas, para no mencionar la actividad cotidiana de la sociedad que ha permanecido durante este tiempo a sus asuntos, de espaldas a lo que acontecía en la sala.  Lo que quiso ser epopeya devino algarada, y el acontecimiento quedó en anécdota. Debiéramos haberlo sabido porque viene ocurriendo así desde el siglo diecinueve. El asalto al estado constitucional es un tópico de nuestra historia contemporánea. Lo único seguro del pronóstico de los acusados en sus discursos y lo que sabemos todos es que el conflicto no ha terminado. Independientemente de la sentencia, que provocará otro pasajero seísmo, que ojalá sea breve y leve, el prusés entra en una fase de repliegue, en la que lo ocurrido se envolverá en la bruma de la leyenda, se reconstruirán memoriales de agravios y se urdirán conspiraciones hasta que en indeterminada fecha futura se den las circunstancias de una nueva asonada. Hay que leer a nuestro paisano Pablo Antoñana (por cierto, un atento lector de Faulkner) para entender y casi saborear la atmósfera de estos periodos melancólicos de carlismo latente, poblados de fantasmas históricos, agravios sin reparación, esperanzas frustradas y sueños insomnes. Por ahora, las banderas están sobre el polvo. Hasta la próxima.