Se acerca la semana santa y las salas de cine ya anuncian la efeméride, aflictiva y exultante al mismo tiempo, un subidón del duelo al júbilo y de las tinieblas a la luz en tres días, como una raya de farlopa esnifada por un depresivo. Vuelve el cine religioso a las pantallas primaverales, de las que nunca se fue del todo, aunque es cierto que hemos disfrutado de unos años de laicismo cinematográfico, quizá con el único y aislado experimento de Mel Gibson, cuya pasión parecía una secuela de el club de la lucha y es contemporánea de la legalización de la tortura en las cárceles secretas de la cía, al comienzo de este siglo de la post ilustración, las fake news y de una guerra religiosa –sea cruzada o yihad- que aún no ha terminado y va para largo. La campaña de mercadotecnia de aquella película dejó filtrar la noticia de que el papa polaco de la época la había visto y había declarado, así sucedió, como si la peli fuera un documental y él tuviera autoridad (que se da por supuesta) para confirmarlo. La brutal versión crística del machote australiano se ahormaba bien con el carácter musculado e imperativo de aquel pontífice, y ya sea porque su sucesor fue un viejito introvertido más propenso a la letra impresa que al audiovisual, la semana santa no volvió a las pantallas hasta ahora, en que se anuncian dos filmes, uno sobre san pablo y otro sobre maría magdalena.
Jesús de Nazaret ha sido el prota obvio y reiterativo de este idilio entre el cine y la celebración religiosa, y ha sido interpretado por palestinos tan arios e improbables como Jeffrey Hunter, Max von Sydow y Willen Dafoe; estos y los demás intérpretes hollywoodenses del personaje, dueños sin excepción de unos desarmantes ojos azules. El menú de este año desplaza la atención hacia los supporting actors and actresses de la historia. No es la primera vez que el cine enfoca a los secundarios. Anthony Quinn, intérprete ubicuo de todo lo que tuviera un toque racial, fue Barrabás, y más de una tarde de la desolada infancia cinéfila de este escribidor estuvo amenizada por el atribulado avatar de Judas Iscariote en alguna españolada de la época (google responde a la consulta con los nombres de Ignacio F. Iquino y Rafael Gil, que años más tarde enfangarían su fama en el cine erótico de los setenta). Pero este año, los secundarios elegidos son novedosos y están cargados de significación ideológica. Diríase que representan los polos de la pastoral dubitativa y poliamorosa del papa argentino vigente y al mismo tiempo el dilema, en clave mitológica, del momento actual entre revolución y tradición.
María Magdalena fue, según creencia de reciente cuño, la apóstola del grupo de vagantes palestinos que acompañaban al mesías, más tarde preterida por la misoginia oficial de la iglesia. Su candidatura, pues, está avalada por las movilizaciones del pasado ocho de marzo. Enfrente, el converso y fanático Saulo de Tarso es el eficiente predicador de esa misma misoginia, como recordaba Casandro en esta bitácora hace unos días. Es el candidato de Jiménez Losantos, Hermann Tertsch y monseñor Munilla. El llamado San Pablo construyó el aparato doctrinal que informa la iglesia católica tal como la conocemos, y la sedicente santa María Magdalena representa el silencio de las mujeres bajo la aplastante predicación de su hermano en la fe. Podríamos hacer una profecía. El papa porteño se hace proyectar las dos películas en su sala de cine privada; luego, se dirige al oratorio y se entrega a la meditación y al ayuno y, cuando recibe la revelación de la paloma, que es palomo, se asoma al balcón sobre la plaza de San Pedro y anuncia la instauración del sacerdocio femenino. Los cardenales, que le escuchan a su espalda, se miran entre sí, ojipláticos, le agarran de las piernas y le arrojan al vacío.
(Para preservar el suspense y no hacer spoiler, como se dice ahora, este escribidor no verá ninguna de las dos películas anunciadas).