Todos hemos destruido en alguna ocasión la fotografía de alguien, de parientes remotos, ex parejas sentimentales, amigos que han dejado de serlo, o perfectos desconocidos que por razones no menos desconocidas aparecen en un inesperado archivo doméstico. Estén vivos o muertos, la destrucción de las imágenes es una ofensa a sus titulares. Y un derecho de quien practica la quema. El tribunal de derechos humanos de Estrasburgo ha tenido que recordar que este derecho, que en España nos está vedado en la imagen del rey, forma parte de la libertad de expresión. Le ha faltado añadir que es la expresión de un sentimiento genuino. Simplemente, los que queman la imagen del rey es porque no quieren verlo ni en pintura. No obstante esta sentencia europea, el parlamento español insiste en mantener como materia del código penal las injurias a la corona. Los reyes tienen una cualidad antropológica que no poseemos los demás mortales. El cuerpo del rey, o su reproducción icónica, representa al estado como el cuerpo de cristo representa a la religión cristiana, y deben ser tratados con la misma solemnidad y devoción, como de hecho ha ocurrido históricamente. Ambos cuerpos, y sus representaciones, son poderes inmanentes, unidos de modo inseparable a la esencia de una entidad que nos envuelve y gobierna nuestra existencia, ya sea como fieles o como súbditos. La racionalidad se detiene ante estos poderes sobrenaturales porque, como dice la biblia al fundamentar su naturaleza, yo soy el que soy.
Así pues, las injurias al rey son equiparables a los pecados de blasfemia y sacrilegio que los más jóvenes no pueden imaginar la conmoción de producían en el pueblo fiel, cuando quemar una iglesia era infinitamente más grave que bombardear una ciudad. Algo de eso ocurre ahora, cuando la quema del retrato del rey en la calle provoca más escándalo (y efectos políticos y legales más fulminantes) que los asesinatos de mujeres, la mengua de las pensiones, la precarización del empleo o la corrupción de la clase política. Pero no nos deslicemos hacia demagogia. Los ataques verbales o simbólicos al rey son muestras de impotencia republicana. España nació maltrecha a la modernidad y en dos siglos no ha sabido reparar la tara de origen. Monárquicos y republicanos tenemos poco de qué enorgullecernos. Aquí se es monárquico por defecto y republicano por incapacidad. La chavalería que quema al borbón en efigie va a tener que currárselo un poco más si quiere que su acción no quede en la mera condena de cárcel de los autores.