8M de tintes agónicos, aquejado, como todas las demás expresiones de vitalidad civil, por las constricciones de la pandemia, aunque con un carácter si se quiere más grave, más hondo, porque la fecha tiene una resonancia universal y porque ha significado un corte seco en la trayectoria ascendente y festiva de años anteriores.
Libertad de rebaño
Parece que las feministas van a aceptar las condiciones de seguridad para la salud pública: comparecencias callejeras de menos de quinientas personas, que no son pocas, distancia de seguridad, mascarillas y todo eso, es decir, convertirán la manifestación en una procesión, un acto de energía social en un ritual escuálido.
La América que mata
El crimen del gobierno es una constante histórica pero los vejetes embozados en estos días pertenecemos a la primera generación a la que se hizo creer que el esfuerzo político podría erradicar esta lacra. Ya se ve que no. Volvemos a un siglo atrás, a la época de nuestros abuelos. Y con la mascarilla puesta.
Queer
El movimiento feminista se ha visto alterado y en alguna medida amenazado por la reivindicación de la teoría queer llamada libre autodeterminación de género, según la cual el individuo tiene derecho a adscribirse al sexo que sienta suyo sin peros en el registro civil.
Feminismo infeccioso
La denuncia del 8-eme y la instrucción judicial subsiguiente, de haberse llevado a término, tenía como objetivo obvio derribar al gobierno, pero el impulso procede de un discurso anterior que identifica el feminismo con un grave peligro social y, pandemia mediante, con una fuente de infección orgánica.