En su esfuerzo por cumplir el mandato de quienes le han puesto al frente de la misión, Fernández, el presidente de la gestora socialista, ha destilado algunas máximas de inspirado y hondo lirismo: la política exige convivir con la decepción (con el pepé, se entiende) o, no se puede construir una barricada ética ni moral (contra el pepé, se entiende). Fernández, llamado a conducir al partido a la derrota, es un derrotista convencido. Un personaje otoñal, que no finge su condición de vencido al frente de un ejército desarticulado e impotente, y, ya que no otro legado, aspira a dejar un puñado de aromáticas frases para la historia. Este carácter le aleja, quizás por razones de edad, de la parla delirante de quienes le han elevado al pavés de la derrota. No se espera de él que diga que el pesoe es un partido ganador, como hizo su mentora y jefa de filas, Díaz, o que estamos ante un triunfo histórico, como declaró su víctima, Sánchez, tras obtener los peores resultados de la historia del partido, hasta entonces, en las elecciones de diciembre de 2015. Diríase que estas jóvenes promesas están bajo los efectos tóxicos de la atmósfera que han respirado durante su crianza política. Sánchez, Díaz y Fernández comparten una misma circunstancia: los tres han sido apadrinados en su carrera por políticos relacionados con la corrupción. Sánchez adoptó como padrino de su aventura a Felipe González, que luego daría la señal para su ejecución; Díaz viene del nido creado por Chaves y Griñán, y Fernández tuvo como mentor a Fernández Villa, el  sindicalista minero que amasó una fortuna procedente de subvenciones y fondos del sindicato. La galería de retratos de los antepasados marca el camino hacia la extinción de la saga, y Fernández tiene la edad suficiente para haberlo comprendido. Fernández y Díaz encarnan las dos orillas de la brecha generacional que ha fracturado al pesoe, y por ende a la sociedad entera. La generación del primero ha arruinado las expectativas de la segunda y la casa familiar ha estallado. En el borde del abismo en el que ya han despeñado a Sánchez, Fernández y Díaz solo tienen en común el instintivo rechazo a la izquierda emergente que aporrea la puerta de la casa. El primero, en nombre del patrimonio acumulado; la segunda, en nombre de la herencia aún no recibida, y juntos van a ponerse en manos del notario, que en este caso es, apropiadamente, un registrador de la propiedad.