Don Gabriel Rufián es un demagogo. El adjetivo está cargado de connotaciones negativas pero su etimología griega –conductor del pueblo- es nobilísima y en último extremo funcional a la democracia primitiva. En Atenas la democracia era universal y directa, no representativa, y en consecuencia la toma de decisiones estaba condicionada a la existencia de oradores capaces de convencer a la asamblea de ciudadanos sobre la bondad de tal o cual conducta o personaje público. No había estado, tal como lo entendemos ahora, así que la ciudad depositaba su prosperidad o su decadencia en las decisiones que tomaba colectivamente en cada circunstancia y la gestión de la opinión pública quedaba al cargo de esos tipos que hacían demagogia, algo que ningún político después de Aristóteles –el primer crítico con los demagogos- reconocerá nunca que hace.
Los demagogos medran en tiempos de desorientación -en la antigua Atenas hicieron su agosto tras la muerte de Pericles- y esos tiempos han vuelto, sobre todo en la república de la izquierda/izquierda, donde los pericles surgidos hace una década están notablemente descoloridos por el vértigo de los acontecimientos. Populista e influencer, son los dos nuevos términos en que se ha fracturado el campo semántico que ocupaba demagogo. El populista se dedica a la cosa pública y busca votos; el influencer opera en el terreno comercial y persigue likers. El primero utiliza un lenguaje discursivo y tendente a lo abstracto; el segundo prefiere un mensaje concreto y seductor, mejor si está apoyado en alguna evidencia gráfica e inmediatamente reconocible, que el orador exhibe como refuerzo de su argumento. Son tiempos de escasa atención lectora. Don Rufián es un populista con mañas de influencer.
La composición de este personaje no está al alcance de cualquiera: arrogante y sobrio, punzante y romo, arriscado y calculador, todo un carácter que mientras predica a los demás se predica a sí mismo. Este tipo icónico en grado superlativo nos está diciendo que no cuenten con él para redactar un programa electoral o para dirigir un ministerio; lo suyo son los memes, no los memos. Mientras el buen pueblo permanezca atento a la pantalla su papel está justificado; de la logística y del catering que se ocupen quienes saben de eso. El personaje es inimaginable fuera de la anomia que reina en la izquierda/izquierda donde no aciertan ni con qué nombre presentarse a las elecciones. En este caos atravesado de rencores y desconfianza mutua, el ídolo ha fichado a doña Irene Montero, la guardiana de las esencias, como telonera en los mítines podemitas en los que él será la estrella invitada. A la impotencia se suma el sarcasmo.
Estas divagaciones traen a la polvorienta memoria la figura de otro demagogo de campanillas, también charnego en Cataluña: don Alejando Lerroux, que llamaba a los suyos jóvenes bárbaros y les exhortaba a rebelarse contra todo y a que su furia no se detuviera ante las tumbas y los altares y levantasen el velo de las novicias para elevarlas a la categoría de madres y virilizar la especie. Un tipo de biografía absorbente, verba irresistible y trayectoria inverosímil, que el revisionismo de la derecha ha convertido en un honorable ministro liberal. Los viejos del lugar no lo veremos pero quién sabe si don Rufián también…
(La imagen de Alejandro Lerroux es de la agencia Efe).