El político gallego don Xosé Manuel Beiras, recientemente fallecido, fue un personaje legendario: cabeza leonada de patricio, atavío de dandi indiano que deambula en el paisaje de un paraíso perdido y maneras asertivas e imprecatorias de profeta antiguo. Enfrente, al otro lado de la cancha, don Alberto Núñez Feijóo, un ser perfectamente real como un accidente en el camino: indumentaria de oficinista, gafitas de miope, ingenio escaso y resentimiento tenaz. A la distancia, el primero brilla y el segundo es indistinguible del entorno. De más cerca, a la orilla del mar, donde está la patria de ambos, el primero clama contra las olas desde lo alto del acantilado y el segundo surfea feliz sobre una colchoneta neumática sin perder de vista la playa familiar donde el buen pueblo merienda pulpo y tortilla de patata. Don Beiras permaneció inmóvil al timón de un buque imaginario y don Feijóo reptó con gran agilidad por las cuadernas del astillero hasta encaramarse en el palo mayor. La leyenda y la realidad. El sueño y la vigilia. Las nubes y el barro.
Ambos, políticos de gran afición, habitaron el ok corral de parlamento gallego -durante veinticuatro años, el primero y diecisiete, el segundo- y tuvieron numerosas ocasiones para batirse a duelo. La más famosa ocurrió en la trémula primavera de 2013. Don Feijóo comparecía para replicar a la oposición embravecida por la publicación de unas fotos en las que el dirigente popular compartía placeres estivales, incluida la crema protectora untada en la espalda, con un narcotraficante en 1995, al comienzo de su carrera política. Cualquiera se hubiera sentido devastado por la evidencia (recuérdese la expresión huidiza de don Carlos Mazón ante las acusaciones por la dana) pero don Feijóo declaró impertérrito que él no sabía a qué se dedicaba su anfitrión cuando compartían baños de sol en la cubierta de su yate, un año después del final de la operación nécora (1990-1994) y siendo el interpelado secretario del departamento de sanidad del gobierno regional. A la insistencia de la oposición en una sesión parlamentaria posterior, contestó burlándose de sus portavoces y singularmente de don Beiras y su gestualidad a menudo melodramática. Este se levantó de su escaño, atravesó el hemiciclo, se plantó ante don Feijóo y le reclamó dignidad con un puñetazo al atril, que no alteró ni la robusta madera del mueble ni la cara del personaje aludido. Luego, don Beiras abandonó el patio de la asamblea con las manos en los bolsillos, quizá para disimular el dolor que el golpe le había producido. La leyenda contra la realidad.
De aquel lance, don Feijóo aprendió dos lecciones que ha incorporado a su repertorio argumental y ha puesto en práctica en el actual apremio preelectoral. La primera, que estar al mando de una institución pública no implica responsabilidad alguna. Si el secretario de sanidad de un país que está en pie de guerra contra el narcotráfico puede alegar que no sabe que su amigo es narcotraficante, el ex presidente de la empresa pública de correos puede decir que no se fía de la probidad de sus directivos para garantizar la limpieza del voto por correo. En el primer caso don Feijóo no sabía nada y en el segundo lo sabe todo pero en ambos casos él está al mando y es irresponsable. Esta amplitud de conocimientos subterráneos le hace un experto en las cloacas del país y abre paso a la segunda lección aprendida.
La corrupción en España es a la vez inevitable e intrascendente. Se usa como argumento moral antes de las elecciones y se practica rutinariamente después. A don Beiras y a los suyos no les sirvieron de nada las fotos del narcotraficante porque el aludido por el testimonio gráfico ya estaba encaramado en la poltrona pero las saunas de don Sánchez, de las que no hay foto ni prueba alguna, bien pueden costarle al felón un buen puñado de votos. Y, ya embalado en su propio monólogo, don Feijóo asegura que él viene de la gestión, lo que quiera que signifique eso. Nada se sabe de su programa pero ya ha anunciado que pedirá sacrificios: pensionistas, inquilinos, precarios, inmigrantes, subalternos en general, tomen nota.
Epílogo: la leyenda ha muerto y la realidad está a un tris de trepar a la presidencia del gobierno.