Nadie quiere morir y Maricarmen Abascal tampoco quería. Su actitud hasta el último minuto fue de resistencia a la muerte y a sus heraldos, que se presentaron en forma de negra escuadra de robocops para llevarla a alguna parte que era un hospital pero que a ella bien pudo parecerle el infierno. No es fácil que el corazón de una anciana torturado por meses de lucha contra un monstruo sin nombre –el sistema, la ley, como en las historias de Kafka- resista la visión del infierno.
Uno de los efectos de la vejez es la conservación de enseres, cada vez más precarios y escasos, para mantener las rutinas de la existencia, y de recuerdos que den sentido a esta conservación. El espacio donde tiene lugar esta agónica lucha es la casa, el hogar, el último reino en la tierra, que el viejo cree que le sobrevivirá y dará testimonio de que ha vivido. A Maricarmen le arrebataron este lugar, es decir, le arrebataron lo que le quedaba de vida, y en efecto, como era previsible, murió, como hubiera muerto cualquier organismo desgajado de sus raíces. Una sugerencia a la generación de tiktok: pregúntenle a sus abuelos qué creen que sentirían si la policía los arrancara de su casa para llevarlos a no se sabe dónde.
En un país tan aficionado a los héroes agónicos –los de Numancia, los últimos de Filipinas, los defensores del Alcázar-, Maricarmen se había convertido, sin embargo, en una depravada delincuente para los voceros de la derecha. Una parte de la sociedad española, que quizá gane las elecciones si se cumplen las predicciones de los sondeos, está convirtiéndose a toda velocidad en una chusma de linchadores. En la agonía de Maricarmen han encontrado la ocasión para deleitarse en el dolor de la víctima. Es un matonismo experimental, casi de laboratorio, que prenuncia lo que vendrá luego. Si alguien cree que el programa trumpista de nuestra derecha puede llevarse a cabo sin violencia está equivocado. Las víctimas no solo son inevitables, también necesarias. Figúrense en acción a ese don Figaredo de gafas de pasta, cráneo empenachado y acreditado linaje, y verán al humorista de una película de terror, que incluso inquieta a la prensa amiga.
Exorcizar a don Figaredo como maniquí ultramontano es un ejercicio de estilo inútil porque ese es su papel: el tipo de clase alta que aplasta a los de clase baja sin perder la donosura. El trabajo sucio, donde hay barro, sangre y lágrimas, lo harán los machotes de desokupa, que para eso les pagamos. Doña Cayetana, que en materia de clase tiene un acreditado pedigrí, ya calificó a los acampados de la Puerta del Sol de milicianos contra la propiedad. ¿Quién iba a decirle a Maricarmen que lo suyo era un ataque intolerable a la propiedad? El piso o la vida es la fórmula de los nuevos atracadores.
El destino simbólico de Maricarmen está entre la saturación y el olvido. La saturación ya está aquí; basta echar un vistazo a la constelación infinita de memes que ha inspirado en las redes sociales. En uno cualquiera de ellos, que ha llegado al telefonillo de este escribidor, la imagen de la vecina heroica está subrayada por la frase gracias por todo. Es un mensaje muy emotivo pero equívoco. ¿Quién, por qué y a quién se da las gracias? ¿Es ella desde el más allá que nos agradece que no evitáramos el desahucio y el shock letal consiguiente o las gracias las damos los vivos porque se ha muerto y nos ha legado una causa? La izquierda haría bien en no convertir a Maricarmen en una estampita, a pesar de la irresistible tentación de hacerlo a la vista de la furia que provoca en la derecha. Las emociones pasan pronto y lo que viene en unas semanas son unas elecciones generales, no una peregrinación.