Courage is grace under pressure. La famosa cita atribuida Ernest Hemingway nos dice que los hombres demuestran el valor cuando mantienen la apostura en condiciones adversas y extremas. El escritor veía este ideal en el torero, que no puede descomponer la figura hasta que el toro cae a sus pies, vencido. La alternativa es que el torero abandone la plaza en brazos de su cuadrilla, camino de la enfermería. Don Sánchez ha anunciado la convocatoria de elecciones como si siguiera la pauta de Hemingway, con un discurso templado, conciso y claro, sin rastro de adorno ni de concesiones a la grada. Don Sánchez, que no parece aficionado a los toros, comparte el hieratismo de los clásicos de El Cossío, unos tipos de pocas palabras y pases justos y medidos al toro. Un discurso que ha recordado lo hecho por su gobierno y bajo su dirección durante esta legislatura y que anuncia la senda que pretende seguir si los votos se lo permiten. La circunstancia, por lo demás, está muy lejos de favorecer este pronóstico. El redondel está sembrado de almohadillas y la grada no para de vociferar para hacer imposible la lidia. Por ahora, lo que sabemos de las elecciones es que don Sánchez las perderá.

La acumulación de crisis sucesivas, exógenas y endógenas -desde una pandemia mundial a la eclosión de la IA y desde el multiactivismo político de las clases altas hasta la corrupción doméstica del gobierno, para mencionar solo lo más obvio- ha provocado una inclinación de la balanza hacia la derecha y sobre todo hacia la extrema derecha, que lleva la batuta del debate público. España ha sido en este último tramo temporal una excepción incómoda para los poderes emergentes en los países occidentales pero, probablemente, dejará de serlo después de 29 de noviembre.

La izquierda entró en este giro de la historia, provocado por la gran crisis de 2008, con el pie cambiado, sin bagaje doctrinal ni fuerza organizativa. La socialdemocracia tradicional, de la que proviene don Sánchez, no comprendió que el tiempo del contrato social y el consenso político imperante desde 1945, había terminado. La izquierda extrema o alternativa, que ahora mismo no saben ni cómo llamarse, creyó ver una oportunidad y se entregó al populismo identitario y peronista. En esta convulsión planetaria, el capitalismo no se vino abajo, como se llegó a creer por algunos en algún momento, sino que registró un proceso de acumulación sin precedentes en la historia y de nuevo tomó el timón de la deriva de la humanidad, hasta pulverizar los más básicos principios de la decencia compartida, como se ha hecho patente en el caso de Maricarmen Ábascal, a la que no solo han desahuciado sino también denigrado.

Esta derecha resentida, atemorizada por sus propios fantasmas y ávida de venganza, está llamada a ganar las elecciones. Don Feijóo, a la cabeza del pelotón, ha comentado al saberse la noticia: Sánchez convoca elecciones porque tiene miedo a la maraña de casos de corrupción. El insigne líder no cree que la decisión del presidente del gobierno haya tenido causa en la acción de la oposición que él preside y que no se ha cansado de exigirle que concluya la legislatura sino que lo ha hecho por miedo a la corrupción que presumiblemente le rodea. Es don Feijóo el atemorizado ahora que se acerca la victoria, porque no tiene programa y no puede calibrar el peso de los voxianos en su gobierno, y en consecuencia espera que los jueces peinados sigan escarbando en papeles para mantener la atención mediática alejada de su inacción como presidente del gobierno. Vienen tiempos de horcas y hogueras en redes y teles para tener entretenido al respetable.