Don Zapatero no consigue que el reino de Arabia Saudí certifique que las joyas halladas en la caja fuerte de su despacho profesional son un regalo del anterior monarca saudí y la defensa del ex presidente insta al juez de la causa para que active una comisión rogatoria que obligue a nuestros primos árabes (al menos primos de nuestro rey emérito) a cumplir este requisito necesario para la salud penal del imputado. El juez rechaza esta requisitoria.
Todo indica, sin embargo, que los primos no son partidarios de esas fórmulas que fijan en el tiempo y en el espacio lo que es naturalmente fugaz. El regalo se hace una vez, en un momento irrepetible; el dador agasaja y el receptor agradece y ambos saben por qué y no hay más que hablar. Los regalos deben ser en negro (el término racista que usan los blancos) para sellar una relación personal, inmarcesible y secreta. El prolijo derecho que regula en occidente las relaciones humanas crea individuos recelosos e insatisfechos, y delitos raros, como el contrabando, la malversación y el delito fiscal. En el desierto solo vale la hospitalidad y la lealtad. El reino de los beduinos está agitado por el viento que modifica el tamaño y la disposición de las dunas y en este paisaje mutante las muestras de amistad han de ser compactas y portátiles y las joyas se ajustan a estos requisitos.
Don Zapatero ha caído en la trampa del orientalismo, ese constructo cultural que induce a los occidentales a creer que el Oriente es Jauja: danza del vientre, jardines perfumados bajo la luna, vahos opiáceos y destellos de oro y esmeraldas en la cueva de Alí Babá. La repera. Edward Said criticó con ferocidad esta visión de La mil y una noches que nubla el juicio de los occidentales y fue hegemónica para justificar los desmanes del colonialismo europeo en los países árabes. Pero se ve que don Zapatero no ha leído a Said y estaba inerme ante las tentaciones de Oriente. ¿En qué momento un dirigente occidental en misión oficial encuentra natural recibir joyas que valen una millonada y que no podrá ni exhibir ni comerciar con ellas fuera del mercado negro? Vale que lo haga un Borbón pero ¿don Zapatero?
Don Miguel Sebastián, que fuera ministro de don Zapatero ha contado con una mezcla de autosatisfacción y cinismo un trance análogo del que él mismo fue protagonista. En su versión, el regalo de las joyas le fue hecho después de una reunión oficial en una capital del misterioso Oriente, cuando él y su equipo ministerial ya estaban instalados en el avión de vuelta a Madrid y apareció en la pista un mensajero que le entregó una cartera de oficina como obsequio del preboste con el que había firmado algún acuerdo. El ministro agradeció el obsequio pero, como ya tenía cartera, la entregó a uno de sus acompañantes, que al abrirla descubrió que estaba llena de joyas. Perplejidad y risas. ¿Qué hacer? Difícilmente podía el ministro quedarse con las joyas ni repartirlas entre los suyos: estaban atrapados por la generosidad del donante y en el modo chapucero de hacerla patente, así que decidieron cumplir con la ley, las declararon al Patrimonio Nacional y las mantuvieron en exhibición una temporada en la sede de ministerio como quien muestra un imán de souvenir en la puerta del frigorífico. La moraleja del cuento es que hay mucha hipocresía en la causa contra don Zapatero y, como dijo el otro, el que esté libre de pecado que tire la primera piedra.
Los cuentos cambian de significado en marcos distintos y ahora don Zapatero está en el laberinto procedimental del juez Calama, que no sabe qué hacer con las dichosas joyas y su presunto efecto penal. Si no sabemos de dónde proceden difícilmente se puede imputar el delito de contrabando o delito fiscal porque, por ejemplo, si el donante hubiera traído el obsequio personalmente a España, no habría delito de contrabando. En fin, que la situación está estancada y los beduinos no sueltan prenda. Para matar el rato, el juez ha ordenado una nueva pericial para determinar el precio estimado de las joyas y al imputado le parece que es un trámite reiterativo porque las joyas ya se tasaron en 1,3 millones de euros. Estimar al alza o a la baja el valor no parece relevante a menos, claro, que el nuevo perito certifique que son bisutería y en ese caso habría que reclamar al jeque beduino por timo.