Otro estado federado alemán que cae presa de la seducción neonazi. Mecklemburgo-Antepomerania se une a Sajonia-Anhalt, ganado por la aefedé la semana pasada. Ambos son estados orientales de escasa población y tradición agraria donde resuena con más fuerza el mensaje Blut und Boden. Lindan con la Alemania occidental de la que les separa un abismo económico y cultural y rodean el land prusiano de Brandenburgo cuya capital es también la capital federal, Berlín, una populosa isla donde ha ganado La Izquierda (Die Linke). La Prusia esencial mira al oeste a Renania, el estado que dio nombre al régimen político-económico vigente desde 1945 hasta hoy: capitalismo renano, una mezcla rigor contable, cumplimiento de los horarios y caridad parroquial. Y al este, Polonia, que incluye territorios antaño de Prusia. Es como una si una fuerza telúrica empujara el mapa de Alemania hacia los tiempos de Bismarck para empezar de nuevo.
Herr Merz no es Bismarck, sin embargo. La noticia más grave es que la derecha democristiana no estará en el parlamento regional de Schwerin porque no ha obtenido votos suficientes para superar el corte del 5%. La cedeú que fundó Adenauer es la matriarca de las derechas tradicionales europeas, el primo de zumosol del pepé de don Feijóo en Bruselas, el partido de la reconstrucción de Alemania después de la guerra y de la reunificación después de la implosión del bloque soviético. También es el heredero histórico del partido del centro que facilitó a Hitler la llegada al poder en 1933. ¿Qué ha ocurrido para que estemos en este punto?
Quizá la respuesta está en un crimen irresuelto. El suceso ocurrió en 1991, apenas derribado el muro de Berlín y repartidos sus trocitos entre las personas de bien de toda Europa, cuando Detlev Karsten Rohwedder, empresario y socialdemócrata, fue comisionado por el gobierno conservador de Helmut Kohl para poner en almoneda el patrimonio industrial de la Alemania oriental. Herr Rohwedder montó una oficina en la Alexander Platz de Berlín como sede de Treuhandastalt (empresa fiduciaria, en romance) a la que se dirigía el capital occidental para comprar a buen precio lo que fuera aprovechable de la ruina socialista. La oferta era copiosa, de miles de empresas que habían sido de propiedad pública, pero poco útil: fábricas avejentadas, modelos de producción obsoletos, productos sin salida en los supermercados occidentales y mucha mano de obra excedente. Los primeros marcos fuertes que llegaron a la Alemania ex comunista lo hicieron por esta vía, así que casi parecían un regalo. Esta transferencia de riqueza, o saqueo, si se prefiere, no gustó a algunos, ya fuera porque eran nostálgicos del antiguo régimen o se sentían engañados por los malabarismos de Treuhandastalt y alguien, cuya identidad se desconoce a día de hoy, decidió pasar a la acción y un disparo de francotirador hecho desde las sombras de un parque contiguo atravesó el ventanal de la casa de Rohwedder y acabó con su vida. La historia es una novela policíaca y el ignoto asesino, un agente cuya acción ayuda a entender los resultados de las elecciones de Mecklemburgo-Antepomerania, donde los votantes parecen compartir las emociones del tipo que apretó el gatillo.
¿Qué pasó con la democracia liberal? La preocupación, cuando no las exequias, por la llamada democracia liberal están a la cabeza del ensayismo político. El primer error está en adjetivar la democracia. Los paleodemócratas de nuestra remota juventud defendían una democracia sin adjetivos, que introducen sesgos limitantes de la democracia misma. Entonces se decía para desacreditar a la democracia orgánica de los regímenes fascistas y las democracias populares de los comunistas. Ahora sin embargo, la democracia a secas parece huérfana y menesterosa si no va vestida de liberal. Democracia liberal es un equívoco morrocotudo cuando no un oxímoron. El trágico caso de herr Rohwedder demuestra que en los regímenes liberales el capital es más intrépido, rápido y certero que las instituciones políticas, siempre titubeantes, y la democracia llega a la zaga de una operación comercial provechosa para los colonizadores e ininteligible para los colonizados, que quedan perplejos mirando el collar de abalorios que han recibido a cambio de su trabajo y sus ahorros.
La democracia ha de reconocer derechos pero también proporcionar recursos que sostengan materialmente el ejercicio de esos derechos y alienten el progreso universal y compartido. En la zona euro, el ochenta por ciento de los hogares no posee acciones en bolsa ni participaciones en fondos de inversión; es decir, viven con lo puesto y carecen de cualquier influencia en las operativas del mercado, donde se juega con su empleo, su vivienda y el futuro de sus hijos. El mensaje que dan las urnas en Alemania, en Europa y en el resto de occidente, para decirlo todo, es que esta aberrante situación está siendo capitalizada por la extrema derecha, que ha empezado a comerse a la derecha tradicional antes de comernos a todos los demás.