El tribunal supremo suspende cautelarmente el derecho al voto de los españoles que obtengan la nacionalidad acogidos a la llamada ley de nietos. Los jueces vigilan como los pájaros sobre la cabeza de Tippi Hedren a la salida de la chiquillería de la escuela (Alfred Hitchcock, 1963). Los pájaros velan por la pureza de la democracia e intentan evitar que los nietos correteen a su antojo y terminen votando a don Sánchez, como pregona la coalición reaccionaria que harán si se les deja a su aire. El fascismo significa una ciudadanía segmentada, jerárquica (palabra del diccionario de Falange), en la que no todos tienen los mismos derechos. Por ejemplo, algunos colectivos no pueden votar.
Maldita la gracia, pero nos ha tocado experimentar en carne propia la respuesta a la pregunta que se vienen haciendo historiadores y politólogos desde hace casi un siglo: ¿cómo surge y medra el fascismo en sociedades democráticas? Quienes aspiren a hacer una tesis doctoral sobre este tema tienen material de consulta a porrillo en los telediarios. Veamos un poco de contexto.
Los fascismos surgen de una crisis económica que rompe el equilibrio del pacto social en una economía capitalista y las clases bajas se empobrecen a la vez que las altas ven amenazados sus rentas y su estatus. El fascismo histórico eclosionó del crash de la bolsa de Nueva York en 1929. El que galopa ahora sobre nuestras espaldas tiene su origen en la crisis de 2008, llamada no en vano Gran Recesión, así, con mayúsculas, que se llevó por delante cantidades ingentes de ahorro, empleo y cadenas productivas, e introdujo dos novedades absolutas respecto a la experiencia anterior: creó una casta de megarricos planetarios y correlativamente pulverizó la autoridad del estado como marco de resolución de conflictos y dificultades, lo que explica el reciente glamur de los imperios y la impotencia de las coaliciones convencionales formadas por estados-nación, como la unioneuropea. Si miramos el universo desde este catalejo, vemos con claridad las payasadas siniestras de la constelación Trump-Musk y el declive y apagamiento de la constelación Von der Leyen y la multitud de satélites que orbitan alrededor, incluso los de su propia composición química, como se ha visto en Sajonia-Anhalt.
En España, la Gran Recesión de 2008 tuvo el efecto de romper la soldadura de las dos piezas más endebles del artefacto nacional: la ansiedad de las clases bajas abocadas a la depauperación y la cuestión catalana. En ambos casos, se activaron las fuerzas más radicales de cada campo, que, como se vio pronto, carecían de capacidad y motivación suficiente para llevar sus programas a la realidad. El movimiento populista podemos surgió en 2014 y el prusés independentista catalán en 2012. Contra el primero bastó la ley mordaza y algunas maniobras en la oscuridad de la policía política del ministro santurrón Jorge Fernández Díaz, ayudado en este empeño por la irresistible tendencia al disenso y la descomposición ínsita en la propia formación de don Iglesias.
El prusés fue más serio porque galvanizó a una buena parte de la sociedad catalana, se apoderó del discurso público y mantuvo durante casi una década una fuerza movilizadora que no se había visto antes, a pesar del carácter inane y divisivo del objetivo. Aquí, el gobierno de don Rajoy, ya sea por indolencia o por cálculo, optó por dejar la resolución del problema en manos de la judicatura, que se convirtió en el baluarte de defensa del estado y de paso en una corte cerrada con toda clase de luchas internas por el poder político, que invariablemente ganan los jueces de la derecha, que son mayoría. Esta entrada del poder judicial en la política a través del artículo 155 de la Constitución tuvo gran éxito, sigue operativa y ya se ha convertido en un hábito enviar al juez cualquier diferendo político en el parlamento o respecto a la actuación del gobierno, sea central o regional. Todos al banquillo.
Y en estas, entra en escena don Sánchez (2018). Lo hace de una manera nunca vista, mediante una moción de censura que obliga al entonces presidente don Rajoy a emborracharse en un bar junto al parlamento mientras los votos de los diputados le apean de la poltrona, y ya al mando, don Sánchez da la vuelta al tablero: pacta e incorpora en el gobierno a los proscritos podemitas y amnistía a los prusesistas condenados por el tribunal supremo. Curiosamente, ambas fuerzas se desinflaron de inmediato y cambió por completo el escenario. Don Sánchez cree descubrir en la sociedad una fuerza democrática que no se ajusta a los parámetros de la derecha y, mediante acuerdos parlamentarios, algunos improbables y vertiginosos, implementa medidas lenitivas de signo meramente socialdemócrata que, en estos tiempos de tsunami reaccionario, le convierten en la pieza a batir. En el ámbito doméstico, han ocurrido dos hechos nuevos: la eclosión del neofascismo voxiano procedente de la matriz de la derecha conservadora, como en el resto de occidente, y la solidificación del poder judicial como un poder político. En el ámbito internacional, el neofascismo ha ocupado la Casa Blanca y numerosos gobiernos de América Latina y forcejea con éxito para imponerse en Europa. Los procesos penales ad hoc de su hermano y su esposa y la crisis de Ceuta son los brazos, interno y externo, de la pinza que atenaza a don Sánchez.
Lo de Ceuta parece un problema político y diplomático, además de orden público y de bienestar social, pero ya hay una jueza que ha abierto el caso para echarle un vistazo. Que caray, el derecho es un campo de caza muy extenso y variado y si no se puede cazar a un elefante siempre se puede disparar a los matorrales y ver qué cae. Esto es lo que ha hecho la jueza doña Tardón de la audiencia nacional -teniente de alcalde de Madrid en un gobierno municipal del pepé durante una vida anterior- al abrir causa por la crisis de Ceuta, en la que se ha personado la ciudad y la abogacía del Estado, por lo que toca. En este caso, no solo no hay una persona imputable sino que ni siquiera se sabe qué delito se investiga; si como se quiere hacer creer, fue una invasión organizada con la complicidad del gobierno español, habrá que procesar no solo al traidor conde don Julián, que abrió la puerta de Ceuta al moro, sino también al invasor, lo que en este caso significa declarar la guerra a Marruecos y vuelta a la Reconquista. De momento, los afanes de doña Tardón han ocasionado la filtración de un documento policial que nada aclara y lo confunde todo. Por algo se empieza.
El último episodio de la confluencia de perspectivas entre el poder judicial y los neofascistas voxianos al hilo de la iniciativa de la jueza doña Tardón es por ahora anecdótico e improbable. Don Abascal ha expresado en el parlamento su voluntad de juzgar al presidente del gobierno por traición a la patria, aplicando el artículo 102 de la Constitución. Este delito lo juzga la sala de lo penal del tribunal supremo y su sentencia es inapelable y la pena no puede ser indultada. La mala noticia, por ahora, es que la acusación deben hacerla diputados que sumen una cuarta parte del parlamento y ser aprobada por mayoría absoluta. Podría considerarse una alocada ocurrencia del jefe voxiano si no hubiera sido sugerida como una reflexión jurídica por el magistrado Pedro Cruz Villalón, ex presidente del tribunal constitucional, en un artículo de prensa titulado gráficamente Miseria del Parlamento. Situar en el mismo sintagma miseria y parlamento y sugerir el procesamiento del presidente del gobierno por responsabilidad criminal no es fascismo, claro, y queda al albur del lector discernir a qué se parece.