La cifra acojona, sean euros en un premio de la lotería, árboles abrasados en un incendio forestal o inmigrantes deportados por decisión de un gobierno democráticamente elegido. Las grandes cifras embotan la imaginación, sacuden el suelo de las convicciones y transportan el pensamiento a un mundo ignoto y por eso mismo atrayente. Ocho millones es una cifra rotunda, desmesurada, hipnótica, que nubla la razón y excita las gónadas. Brigadas policiales asaltando bloques de viviendas para desalojar a los vecinos recién llegados; canchas deportivas y plazas de toros abarrotadas de hombres, mujeres y niños asustados y sollozantes, aferrados a un bolso de viaje, esperando; trenes sellados y varados en una terminal de los que salen gritos y gemidos; buques surtos en el puerto con las bodegas y la cubierta rebosantes de gente, que parten a no se sabe dónde y volverán de vacío.
Parece una pesadilla de la que ya habíamos despertado décadas atrás pero es el programa electoral del socio necesario de la coalición reaccionaria que gobernará España si dios quiere y los votantes no lo impiden. Lo ha formulado la voxiana doña De Meer con la insolencia y seguridad de una juanadearco y con los mismos argumentos que expuso la santa patrona de la fachenda francesa en el siglo XV: Tenemos que reivindicar nuestro derecho a permanecer como pueblo, queremos seguir siendo España [Francia, en el caso francés]. Nuestra derecha es incapaz de pensar en el futuro de la patria sin calcular antes a cuántos tiene que borrar del mapa para que el paisaje quede aseado.
La propuesta voxiana ha levantado el consiguiente revuelo en el gallinero y las respuestas no han sido precisamente de incredulidad. Nadie cree que nuestros fachas hablen a humo de pajas. Desde luego, semejante medida requerirá cierta elaboración técnica y la creación de condiciones políticas para hacerla posible. Los nazis no dieron a la primera con la solución final de Auschwitz y a los sionistas israelíes les ha costado setenta y seis años de hostigamiento constante a los palestinos descubrir que lo que verdaderamente quieren es exterminarlos. En esta fase inicial de la operación se trata de anunciar el objetivo y comprobar el grado de aceptación o de rechazo que encuentra en la opinión pública, y, como es usual, se abre el debate.
Un medio afecto a la coalición reaccionaria ya ha establecido los perfiles de los inmigrantes susceptibles de ser o no expulsados, algo parecido a lo que establecían las leyes raciales de Núremberg. Otro medio, este de talante progre, avisa que una medida así colapsaría el sistema. La advertencia trae a mientes una escena de La lista de Schindler en la que unos prisioneros judíos son obligados a levantar los barracones en los que serán encerrados y una ingeniera judía que está en el grupo se atreve a recordarle al jefe del campo que están mal diseñados; el tipo sonríe, se dirige a su ayudante y comenta, vaya, tenemos a una judía lista, como Marx, y dicho esto, desenfunda la pistola y le pega un tiro a la protestona. La marcha de la economía no es una prioridad de los fascistas –recuérdese la autarquía falangista de la postguerra civil, que después de destruir la sociedad la hundió en la miseria- porque lo que pretenden es el dominio mediante el miedo, y nada aterroriza más que la detención de tu vecino de madrugada, excepto, claro, si eres tú el que le has denunciado.
Bien, dejémonos de melodramas y reduzcamos la cuestión a los livianos términos en que se maneja la política nacional. La provocativa propuesta voxiana va dirigida a su futuro socio de coalición con el declarado objetivo de sacar a don Feijóo de la siesta de su triunfo congresual para poner a prueba si es lo bastante hombre bajo presión, como diría un machote. Los voxianos, que llevan la batuta en la orquestina reaccionaria, creen que no. El inmarcesible líder del pepé les desafió al darles esperanzas de colaboración y luego se metió en un jardín de distingos sobre si los inmigrantes ilegales no tienen derechos pero tampoco se puede simplificar un problema complejo porque sin inmigrantes seríamos un país aún más envejecido y España debe ser un país abierto pero no un país ingenuo, blablablá. Don Feijóo, una vez más, no sabía de qué estaba hablando; es la clase de tipo al que le llega la claridad mental cuando alcanza la poltrona y entretanto dedica sus pensamientos al único objetivo de ocuparla. Los voxianos se lo han puesto fácil: ocho millones de inmigrantes de vuelta al mar y si bien reconocen que esto no se puede hacer con las leyes actuales ya las cambiarán cuando estén en el gobierno. Vox es la tercera fuerza en el parlamento con tendencia al alza en las encuestas, y la inmigración es el único tema transversal, como se dice ahora, de la política europea, con los resultados sabidos.
Ya veremos qué juego le da mañana a don Sánchez este asunto.