El rapero Pablo Hasél no quiere ir a la cárcel y en consecuencia no se va a presentar voluntariamente para cumplir la pena a la que ha sido condenado ni tampoco va a dejar que le detengan si puede evitarlo, lo cual parece una actitud normal. Luego viene la retórica. A la presentación voluntaria la llama rendición y a una posible detención, secuestro. Es un poeta y está en lo suyo crear nuevas acepciones de las palabras. Y es seguramente su condición de poeta la que ha movilizado a un centenar de firmas, algunas de relumbrón en el mundo de la cultura, que piden su libertad porque, ciertamente, ha sido juzgado y condenado por un delito que no debiera serlo. La apología del terrorismo o las injurias a la corona son delitos de opinión introducidos en el código penal por los gobiernos de la derecha no se sabe con qué objeto porque lo cierto es que el terrorismo al que se alude ya no existe y ensalzarlo es como ensalzar a Atila o a Franco, y nadie va a la cárcel por ensalzar a esos tipos. En cuanto a la corona, bastante se injuria a sí misma sin necesidad de que nadie sume su voz a la evidencia de los hechos.
Este sentido común no parece de recibo entre los practicantes de la poesía hormonal ni en la sesuda judicatura: dos mundos separados por un abismo, no solo de indiferencia sino también de desprecio mutuo, y unidos por un triste artículo del código penal. Los jueces han tenido que aprender qué es un rapero y cuál su lógica, y los raperos han debido comprender qué piensa y cómo actúa un juez. Hermanos para siempre, como dice la canción. No sabemos cuántos puntos da la condena de un rapero para subir en el escalafón judicial pero el rapero sí parece dispuesto a que la condena le consiga una mejora del caché. Quizá haya sido la carta de los abajofirmantes la que le ha llevado arriba pero ha resuelto levantar una movilización popular si finalmente es encarcelado. Los followers ya están avisados.
La figura del orate que cree tener tras de sí a la innumerable humanidad no es infrecuente en la historia pero hay, sin embargo, en el rapero y sus followers un rasgo típico de este tiempo. Los viejos del lugar vemos, y a veces utilizamos, las redes sociales como un inabarcable supermercado de naderías –gestos básicos, mensajes rudimentarios, moral de pedorreta-, pero en este biotopo habitan ciertos jóvenes narcisos, encapsulados en sus mierdas, que arrastran tras de sí una peña virtual y son capaces de cuestionar al estado, a veces con éxito. Pensemos en los youtubers que han emigrado a Andorra para eludir la presión fiscal de su país y han puesto en evidencia los límites de estado y el grado de corrosión que puede registrar la organización social cuando el propio sistema invita a ello. Tendría guasa que una hipotética manifestación contra el encarcelamiento de don Pablo Hasel, rapero, derribara, digamos, la monarquía. A los viejos se nos está poniendo cara de tontos con la boca abierta.