Los Gabilondo, Iñaki y Ángel, nos privan de su voz y de su juicio. Pocos apellidos de este país están tan asociados a la probidad, el equilibrio y la decencia. Han enmudecido y su silencio ha tenido un efecto horrísono. La culpa, pues, está fuera, en la calle, en la babilonia en que se ha convertido nuestra sociedad. La crispación, la polarización, todo eso. Así lo resume un cura. Y sin embargo hay una razón más íntima y humana, ay: la edad. Los viejos tienden a la reclusión en el cubil privado, el retrete del alma, como decían las monjas contemplativas del XVI. El mundo se ha vuelto ininteligible y ajeno, y la actitud de los viejos se vuelve maniática, impotente, como ese trotecillo para atrapar el autobús que ya arranca y nos deja en tierra. El mismo trotecillo que han impuesto a Joe Biden sus asesores para que lo ejercite al inicio de sus comparecencias públicas y parezca lo que no es. El mundo como voluntad y representación deja de interesar con la edad; la voluntad se reserva para conservar la vida y en cuanto a la representación, el fondo del armario solo guarda disfraces en desuso.
Iñaki Gabilondo ha alegado empacho para justificar su dimisión de la tribuna. Empacho es una palabra antigua, hogareña, de madre contrariada por los síntomas de un hijo que ha comido sin mesura. Pero la reprobación no cae sobre el hijo sino sobre la comida. La actualidad, el horno del que extraen los periodistas sus nutrientes, se ha vuelto excesiva y repetitiva y el estómago de los viejos lo detecta antes que nadie. El sentido del gusto se afina y el proceso digestivo se hace más exigente. Hasta aquí la biología, pero el ser humano es también histórico. Ninguna señal del final del régimen del 78 es más elocuente que la retirada de Iñaki Gabilondo. Ahora se dedicará a un programa radiofónico de temas más genéricos, vale decir, más relacionados con la eternidad.
El caso de Ángel, el otro Gabilondo, es distinto. Este no ha dimitido de su escaño en la asamblea de Madrid, donde es el jefe de la oposición, pero es invisible e inaudible. Todo indica que está sumido en una ascesis para conservar la paz interior frente al impacto día tras día de las ocurrencias de doña Ayuso. Imagínense la tortura que significa para un catedrático de metafísica enfrentarse a los provocativos disparates de la ex community manager de un perro. Podemos ver al profesor Gabilondo como uno de esos robustos soldados de casaca roja y alto gorro de piel de oso apalancados en la fachada de la residencia de la reina de Inglaterra y frente a los cuales los turistas hacen monerías para quebrar su impavidez. Insensiblemente, estos figurones hieráticos se están convirtiendo en una antigualla, por más estúpidos que nos parezcan los turistas que los acosan.
Hace tiempo que navegamos a través de una galaxia desconocida y el silencio es una respuesta inevitable ante las sorpresas que nos depara, pero hay otra, antitética: la logorrea, una muestra de la cual han experimentado los esforzados y amigables lectores y lectoras que hayan llegado hasta este punto.