Nunca es tarde ni se está a deshora para que caiga sobre nuestras cabezas algún efecto de la ley de Murphy, ya saben, aquella de que si algo malo puede pasar, pasará. En estas circunstancias, ¿qué puede ocurrir peor de lo que ya ha ocurrido o viene ocurriendo? Pues sí, puede ocurrir y ocurre que las farmacéuticas chuleen a la unioneuropea, que soltó en su día  dos mil setecientos millones de euros para garantizar el aprovisionamiento de vacunas a los países miembros y las vacunas no llegan. Y lo que es peor, se dice, porque todo son rumores, que los fabricantes han revendido este aprovisionamiento a terceros países. De modo que la pulquérrima y muy legal ha financiado un movimiento especulativo de dos o tres grandes corporaciones privadas a favor del bolsillo de sus accionistas y directivos. ¿Dónde está la verdad de lo que estamos diciendo? Pues no se sabe de cierto porque los contratos de aprovisionamiento son secretos. ¿Y cómo pueden ser secretos unos contratos de cuya correcta resolución depende la vida y la salud de cuatrocientos cuarenta y ocho millones de individuos de veintisiete países? Por eso son secretos, porque no puede saberse por qué son secretos.

En los últimos años de su distraída vida como funcionario en activo, este confinado descubrió que había resoluciones formales y legales del gobierno provincial que no se publicaban en el boletín oficial. No era un secreto para el cogollito que tomaba la decisión y así se lo explicaba entonces el letrado mayor de aquella administración: si el gobierno firma un contrato con una empresa privada, no tienen por qué saberlo las demás empresas porque no les afecta. Al perezoso funcionario le costaba entender la lógica de la respuesta y arguyó tontamente: afecta a la transparencia del mercado y a la ciudadanía, que paga con sus impuestos el coste de la contrata y es destinaria de los bienes y servicios que depare. El letrado mayor exhibió la característica sonrisa de quien está en la pomada y se ve obligado, por esta bobada de la democracia, a dar explicaciones a un recién llegado: no está entre las competencias del gobierno la transparencia del mercado, para eso hay agencias especializadas, y en cuanto a la ciudadanía, lo que quiere son los servicios, no cómo se han conseguido. Aquel letrado mayor, ahora también jubilado y que se ha dejado una barba de franciscano, creía entonces que el gobierno al que servía estaba por encima de las miserias, no solo de la población en general sino también de las empresas privadas. Era una creencia rocosa, contra toda evidencia, porque para entonces, a principios de la segunda década de este siglo, ya estaba en su apogeo la crisis de Goldman Sachs y era evidente quién mandaba en el mundo, lo que quizá explique la ulterior barba de franciscano.

La explicación de lo que está ocurriendo en esta parte occidental del planeta topa con una vasta zona oscura, que la clase política se niega a explorar. Intuimos que hay una relación entre el funcionamiento de la economía globalizada y corporativa bajo la férula neoliberal y la eclosión de movimientos populistas de rasgos potencialmente violentos, que ahora mismo, por ejemplo, están pegando fuego a la frugal Holanda. Pues bien, esta coincidencia en lugar, tiempo y motivo entre la codicia de las farmacéuticas y el vandalismo populista en las calles, adobado en el secreto de las decisiones institucionales, nos permite descubrir la evidencia definitiva que señala al culpable. Después del asalto al capitolio, los demócratas norteamericanos de míster Biden parece que han tomado nota y se han puesto las pilas. En la vetusta y parsimoniosa Europa habrá que esperar que a frau Ursula von der Leyen le crezca una barba penitencial.