El ya ex jefe del ejército ha subrayado su acto de forzada dimisión voluntaria, si se entiende el oxímoron, con un latiguillo habitual en estos trances: me voy con la conciencia tranquila. Es señal de buena crianza no desear que una conciencia inquieta turbe las horas de nadie, así que bienvenida sea la tranquilidad de ánimo del general, dicho lo cual se puede preguntar por qué cree el dimitido que el estado de su conciencia es de interés público. Y quien dice el general, dice el sinnúmero de prebostes que suelen aludir a su inmaculada conciencia cuando les sorprenden con los dedos metidos en el tarro de la mermelada.
Esta alusión a la conciencia no se da en culpables del común porque la sanción de culpabilidad conlleva, precisamente, la privación de la conciencia. Un asesino o un salteador de caminos son gente sin conciencia, se dice en el habla popular. De modo que la tranquila conciencia exhibida después de un acto reprobable nos sirve para distinguir dos tipos morales en la especie humana. Los de baja estofa hacen lo que hacen guiados por su naturaleza, sus apetitos íntimos y por las circunstancias: el delito o la falta es debido en su caso a un reflejo condicionado, como del perro de Pavlov. Pero en las altas esferas, los actos son producto de una deliberación del sujeto agente en diálogo con su conciencia, la cual tiende a desentenderse del resultado, de modo que sea posible perpetrar una fechoría sin que la conciencia se vea pringada. La conciencia aparece aquí como vara de mando o atributo del poder, previo a su ejercicio.
Este carácter taimado de la conciencia lo detectó el dramaturgo Alfred Jarry en una de sus piezas del ciclo Ubú, que inauguraron la cultura de vanguardia en los albores del siglo XX. Ubú es un figurón poderoso, despótico y abominable que arrastra consigo un maletón y, ante cualquier dilema o conflicto, dice, tengo que consultar con mi conciencia, lo abre y saca de él un espantajo mudo que agita ante el público mientras anuncia su decisión antes de devolverlo de nuevo al vientre de la valija. El confinado que escribe estas líneas no puede sacudirse esta imagen de guiñol, vista en alguna función teatral de su remota juventud, cada vez que lee u oye la alusión a la conciencia en boca de algún preboste sorprendido en una corruptela.
También al obispo de Mallorca le han pillado saltándose la fila de vacunación en una residencia de curas jubilados, a donde previsiblemente había ido para hacer alguna obra de misericordia, y ya metidos en faena, la caridad bien entendida empieza, etcétera. Ya tenemos, pues, vacunado al tríptico completo del poder patrio: lo civil, lo militar y lo eclesiástico. Con razón postulaba el alcalde de Madrid, don Almeida, la conveniencia de vacunar a las altas magistraturas del estado, es decir, al rey y a la familia real, porque de ese modo se inmunizaba el retablo completo y se evitaba que unos pocos militares, clérigos y cargos políticos parecieran huérfanos en una rueda de reconocimiento. Es asombrosa la facilidad con que la tragedia deviene esperpento en este país.