El país de la libertad entroniza a su presidente electo en condiciones de estado de sitio. El lugar de la ceremonia está cercado por vallas y alambradas de espino y custodiado por decenas de miles de policías y militares, cuya lealtad ha sido investigada y en algún caso purgada por los servicios secretos. El público masivo y exultante que habría de concurrir a la ceremonia ha sido sustituido por doscientas mil banderas, un alarde textil que hará salivar de gusto a nacionalistas y populistas de toda laya en el planeta: trapos altamente radiactivos sobrevolando nuestras cabezas. Vuelven los tiempos, que nunca se fueron del todo, en que los desfiles militares sustituyen a los festejos populares. Nada hay de simpático y prometedor en una alambrada y en una hilera de soldados ceñudos y armados hasta los dientes. Es la herencia de Trump, al que los plutócratas del negocio digital, que tanto se han servido de él y con el que tanta pasta han ganado, se han apresurado a despojar del carné de acceso al juguete.

Trump ha pronunciado su último discurso, reiterativo, inconexo y autorreferencial y ha ingresado en la casta más baja y deleznable del sistema, aquella en la que tanto temía caer: ahora es un loser sin derecho siquiera a una cuenta de tuiter. Sus seguidores han descubierto con fingido estupor que una empresa privada puede arrebatar la palabra en la plaza pública, no solo a cualquier ciudadano, lo que ya es sabido y admitido desde tiempos inmemoriales, sino también al mismísimo caesar imperator, lo que es ciertamente inédito. Facebook ha asegurado que restituirá el usuario y contraseña a Trump cuando deje de ser presidente. ¿Se puede imaginar mayor insolencia?

Lo que se dirime en este juego de decisiones es saber quién manda, y el escenario es el siguiente: en lo alto de la colina, un presidente electo, blindado por una guardia pretoriana que recela de la mitad del país, y en el interminable valle que se extiende a sus pies, una multitud anónima cuyos canales de comunicación y socialización están en manos de un puñadito de pijos multimillonarios al frente de las compañías que manejan a su antojo y conveniencia la válvula de expansión y contracción de la opinión pública, o, para decirlo de otro modo, la fábrica de las necesidades y deseos que anidan en la sociedad.

Aceptemos que Trump fue un idiota delirante y peligroso y bienvenida sea la hora en que le han despedido del empleo, pero convengamos también en que es, o fue, un producto de la perversa dialéctica de winners y losers, y que ahora vuelve al puente de mando la misma elite que alumbró y gestionó ese sistema y a la que Trump prometió combatir. Es un misterio por qué los que se consideraban perdedores del juego eligieron a un fullero exhibicionista para emprender la revancha, pero así fue y este es el resultado. Ya veremos hasta qué punto los recién llegados zurcen el maltrecho sueño americano, lo que quiera que sea eso (*). De momento, nuestros voxianos se han quedado huérfanos, lo que no quiere decir inoperantes.

(*) La famosa y repetida expresión la puso en circulación en los años treinta del siglo pasado James Truslow Adams en su libro La epopeya de América, y la definió así: el sueño de una tierra en la que la vida sea mejor, más rica y más plena para todos los hombres y que brinde oportunidades a cada uno según su capacidad o sus logros. Así sea, aunque de momento el sueño americano diríase que está en suspenso, o, si se quiere, en estado de sitio.