Esta mañana La marcha Radetzky se ha presentado desguarnecida de las palmas de los centenares de atontolinados burgueses que participan de este rudimentario modo en la haute culture européenne. La sala dorada del Wiener Musikverein estaba desierta y el silencio que ha rodeado a la clásica pieza que cierra el concierto inaugural del año -escrita en 1848 para celebrar las victorias del imperialismo austriaco- ha tenido un devastador efecto planetario. La orquesta filarmónica de Viena parecía una colonia de pingüinos aupada sobre una placa de hielo que arrastra la corriente marina por efecto del cambio climático. ¿Y si de repente los músicos vieneses y su famoso concierto son una especie en riesgo de extinción?

Estadios sin aficionados, conciertos sin oyentes, cátedras sin pupilos, programas televisivos sin invitados, mítines sin seguidores, la pandemia ha dinamitado los puentes que unen a la humanidad con sus propias obras y estas flotan en la nube sin que sus artesanos puedan evitar una mirada de perplejidad sobre el vacío. La mirada que esta mañana exhibía Riccardo Muti y sus músicos después de interpretar la famosa marcha, que muchos presuntos aficionados tras el televisor no habrán identificado al faltar las palmas, igual que a menudo no captamos el chiste del humorista porque no lo secundan las risas del público.

¿De qué modo cambiará la sociedad por la pandemia? La pregunta tiene respuestas muy variadas y todas tentativas. Lo seguro es que aumentan las actividades y negocios que pueden realizarse en el ámbito privado. Lo público mancha. En cierto momento, el concertino de la filarmónica vienesa ha explicado (¿al mundo?) entre pieza y pieza las medidas profilácticas a las que se ha sometido la orquesta para celebrar el concierto. Era una explicación quizá necesaria por didáctica, pero obscena, un puntazo de realismo sucio en la ingrávida constelación musical de la familia Strauss. Quién sabe si el día que no sea necesaria esta explicación tampoco será necesario el concierto.

La nochevieja televisiva -no hubo otra- fue pródiga en detalles de esta devastación. La tradicional parafernalia del momento, los trajes de las presentadoras, el concierto de la plaza, los chistecillos de los conductores de cada cadena, las explicaciones sobre el funcionamiento del reloj, los buenos deseos para el año entrante y toda esa mandanga estuvieron ahí pero parecían trastos del almacén de atrezo de un teatro abandonado por el público. En mala hora se le ocurrió a la presidenta de la república independiente de Madrid iluminar la fachada de la sede del gobierno, bajo el reloj de las uvas, con una banda rojigualda; en este clima de restricciones y miedos parecía el frontal de un estanco de tabaco de picadura o de un cuartelillo de la guardia civil. No son tiempos para batir palmas en una marcha triunfal, sea la de Radetzky o cualquiera otra.