La realidad y los sueños son páginas del mismo libro, he leído en alguna parte, y aquí estamos, en el día de la constitución, afligidos por el coronavirus y agitados por el zumbido de más pronunciamientos militares que vienen de ultratumba. La efeméride de la constitución es tradicionalmente un festejo anodino, sin relumbrón alguno si no formara parte de un puente vacacional a pachas con el día de la inmaculada concepción. Este encuentro festivo de la racionalidad jurídica e histórica de la constitución y de la superstición de la madre virgen da idea del mundo que nos hemos construido. No es extraño que el buen pueblo, para conservar la cordura, pase de las dos celebraciones y se vaya a esquiar o a donde le deje la pandemia.
Pero todo indica que nuestro futuro en el medio plazo se va a jugar dentro de unos días, el jueves próximo exactamente, en la improbable Budapest, una plaza austrohúngara, que diría el difunto Luis García Berlanga. En esta ciudad y en esta fecha se decide la puesta en marcha del llamado plan de recuperación europeo, es decir, los fondos de la unión para salir lo menos maltrechos posible de lo acaecido en este desgraciado año. Los fondos están retenidos por la actitud de Polonia y Hungría, que no aceptan que su efectividad esté condicionada a un modelo constitucional que sus gobiernos detestan. Los países del este europeo se sacudieron de encima el dominio soviético, dizque internacionalista, con todas sus potencialidades intactas, que incluían una robusta cepa nacionalista y reaccionaria que ahora está en el gobierno de los dos países cabalgando la ola de extrema derecha que recorre el occidente del planeta. Lo que se dirime, pues, es la disyuntiva entre un espacio común europeo gobernado por principios democráticos o una agregación de estados llamados soñadoramente democracias iliberales pero en realidad dictaduras encubiertas. No es calderilla de lo que se trata, ni económica, ni política.
En Budapest, la realidad y el sueño también son páginas del mismo libro, como ha experimentado en sus propias carnes, nunca mejor dicho, un tal don Szájer, eurodiputado húngaro, pillado en una orgía cuando la policía belga perseguía a un marciano nanoscópico llamado SARS-CoV-2. Szájer es en horario diurno autor de las leyes nativistas y homófobas en su país y gay en los garitos de la liberal Bruselas en horario nocturno. Este tráfico entre la realidad y el sueño es de doble sentido: Bruselas va Budapest para promover el liberalismo y Budapest a Bruselas para ejercitarlo; eso sí, cada uno por su carril. La realidad y el sueño están en el mismo libro pero en páginas distintas.