Estamos a un tris de que los bancos cobren tasas por los depósitos de sus clientes. Hasta ahora, bien que mal, han ido tirando con un surtido de comisiones y cargos por las operaciones que los depositantes hacen con el dinero que han dejado a la confianza del banco, pero se ve que no es suficiente, no se sabe si para la liquidez de la institución o para satisfacer la inseguridad de sus accionistas y la insaciable codicia de sus ejecutivos. A ver si llega un momento en que dejemos de hablar de momias que pasean en helicóptero y de autodeterminación de los pueblos y nos ponemos a hablar del dinero, que es la materia prima que hace que el mundo sea como es. Seguramente, los indepes catalanes se llevarían una sorpresa mayúscula si descubrieran que sus sofisticadas demandas de clase media (que incluyen que no entre en los exámenes de la universidad las lecciones perdidas por las jornadas dedicadas a la revolución) se nutren del mismo malestar que alimenta a los manifestantes de Quito, Santiago de Chile o Hong Kong. Pues bien, los dueños y administradores del dinero mundial sí han detectado una inquietante identidad compartida en todas estas manifestaciones del malestar planetario.

El rasgo relevante de esta crisis económica que no cesa es el hachazo dado a la clase media. Una parte de este segmento social descubre que ha sido despojado de sus atributos (empleo decente, salario suficiente, ahorro razonable y expectativas de mejora) y está siendo empujado por el sistema al abismo del precariado; el segmento inferior, el menos favorecido, el lumpenprekariat, a su vez, se ha convencido de que nunca podrá alcanzar los estándares de vida que valida el mismo sistema. Así que todos a la calle. El problema para superar esta situación es doble. Uno, encontrar la fórmula política, y dos, establecer el espacio donde debe ser aplicada porque, después de todo, se trata de una crisis generada por la globalización y es en consecuencia planetaria. En esta búsqueda de fórmulas hábiles gana por ahora el nacional-populismo, que ha decretado que la amenaza son los de abajo, a la espera de un acuerdo con el gran capital como el que caracterizó la regresión fascista de los años treinta.

Una síntesis de la crisis es que el crecimiento baja y la deuda engorda. En consecuencia, hay que arañar la hucha y los bancos se han puesto a la tarea. No fue suficiente con que los rescatáramos con ingentes cantidades de líquido aportado por todos, ni que se depurase el sector mediante fusiones y absorciones de las entidades más débiles y  menos competitivas. Los monstruos resultantes necesitan más cash y esta es la ocasión, cuando está a punto de proscribirse el uso de billetes y monedas en favor del dinero electrónico. Cada vez que compramos una docena de puerros o un par de calcetines, los bancos, o los robots que hacen las tareas bancarias, tienen que dedicar una micromillonésima de su tiempo y de su energía a atender la transacción y eso lo debe pagar el cliente/depositario. Es una fuente adicional de plusvalías bancarias, como la venta de sartenes y tostadoras. El consumo ha venido a ocupar el lugar de la producción como fuente de riqueza del capital en esta economía de la oferta donde los bienes tienen un valor decreciente, excepto los cuadros de Picasso, pero donde aún quedan unos dinerillos en la bolsa de los consumidores, atemorizados y ahorrativos, así que pagamos por consumir el producto y por no consumirlo también.