Café de media mañana lejos del ruido de Cataluña. Por primera vez desde que tiene memoria la gente de nuestra generación, el conflicto de este país desestructurado y de impulsos atávicos queda lejos de esta remota ciudad subpirenaica en la que pasamos los días; una ciudad también avezada en algaradas y disensos que no encuentran lugar en el parlamento. Así que los reunidos podemos dedicar la charla a lo que más nos importa: nosotros mismos, empezando por la primera página del expediente, que es la salud. A Liberius le han implantado una cabeza de fémur de titanio a la que intenta domesticar ayudándose de una muleta pero lo que más le importaba esta mañana es que ha descubierto polillas en los estantes menos frecuentados de su biblioteca. Eso, y que el titanio de su fémur sobrevivirá a sus huesos. Ambas circunstancias le sumían en un silencio meditativo mientras los demás tertulianos perorábamos sobre medicinas y postrimerías con notable desenfado. Risoterapia, le ha llamado la única tertuliana que se ha dedicado profesionalmente a la sanidad.
Liberius, que ha sido el mejor librero de la ciudad, sale de su mutismo y nos ilustra a los demás con una mezcla de sorpresa e indignación: las polillas han aparecido en los libros en latín. Y he aquí a nuestro amigo en suspenso entre dos épocas, como todos los viejos del planeta. La tecnología quirúrgica mejorará la calidad de su vida y con suerte alargará sus días mientras las polillas devoran los saberes que les han dado sentido. Parece una versión de la metáfora dominante de este tiempo que es también el del alzheimer: una larga vitalidad sin memoria. Los familiares, jóvenes, que ayudan a Liberius en las tareas domésticas, son los que han descubierto las polillas y de inmediato han propuesto desembarazarse de los libros. La iniciativa ha sido comentada y secundada por Iacoppus. En la ciudad han empezado a menudear negocios e iniciativas para canalizar la deriva de tanto papel impreso que a ojos de sus dueños ha pasado a ser un engorro: librerías de segunda mano e incluso un puesto del mercado, antes dedicado a pescadería, donde el vecindario deja y toma los libros que han pasado a ser res nullius por abandono de sus propietarios. La tertulia llega a su fin. Liberius empuña con firmeza la muleta, da unos pasos hacia sus asuntos y proclama con autoridad: ¡Nunca abandonaré a Boecio en una pescadería!