Es posible que la relación médico-paciente sea en esta era de medicina tecnificada no muy distinta a la que unía al cazador-recolector con el chamán de su tribu hace cincuenta mil años. En las dos circunstancias, los interlocutores están separados por la barrera del lenguaje, de la autoridad, y sobre todo del estado de ánimo. Afligido, temeroso, el del paciente; inquisitivo, distante, el del galeno. Si en el paleolítico, el hechicero atendía al mensaje de las tabas de hueso o al borbor del brebaje, el médico actual está atento sobre todo a la pantalla del ordenador. La práctica de la medicina es un diálogo discreto y privado entre un sanador profesional y un paciente inerme; quizá sea esa la razón por la que la historia de la medicina no forma parte, de ordinario, de lo que el común entiende por historia. Los reyes, ejércitos, aventureros, reformadores y demás personajes que concurren en el teatro del pasado actúan como si la buena salud fuera un hecho que se da por descontado, cuando en la mayoría de los casos ellos y las gentes a las que gobiernan y arrastran en sus empresas están aquejados de diversas dolencias, algunas tan graves, dolorosas y por último letales que condicionan de modo inapelable su papel en la historia. A pesar de esta aparente invisibilidad de los hechos, la salud es el soporte de la acción humana y la historia de la medicina es el relato de los esfuerzos de la especie por salvar de la muerte a sus individuos y mejorar las condiciones de la existencia de sus colectividades.
Venían a mientes estas ocurrencias mientras leía Esto no estaba en mi libro de Historia de la Medicina, de Carlos Aitor Yuste y Jon Arrizabalaga (Ed. Gualdalmazán 2019). La obra es una miscelánea muy variada de episodios en los que la salud y los esfuerzos por ganarla o restaurarla constituyen la materia de las historias que aquí se cuentan, desde Hipócrates hasta el pavoroso síndrome de la llamada neumonía atípica que azotó los barrios periféricos de Madrid a principios de los años ochenta y de la que las gentes de nuestra generación fuimos testigos. Guerras, epidemias y accidentes constituyen una prolífica e inacabable circunstancia de la que los autores han espigado situaciones y personajes históricos que nos conciernen y conmueven, exitosos unos, otros fracasados, y todos tocados por una pincelada de ingenio, tenacidad o valor, como corresponde a la epopeya por la salud humana de la que forman parte. Quizá no todas las historias del libro sean del interés de un solo lector pero es seguro que todos los lectores encontrarán historias que les interesen.
Los autores encontraron una fórmula feliz de colaboración en un programa radiofónico dedicado a la divulgación de historias de la medicina del que han destilado el libro, y al alimón han conseguido ensamblar el rigor histórico y la agilidad narrativa que corresponde a un buen libro de divulgación. Carlos Aitor Yuste es licenciado en historia y escritor; Jon Arrizabalaga es médico, doctor en Historia de la Medicina e investigador del CSIC con un dilatado currículo académico. Esto no estaba en mi libro de Historia de la Medicina se presenta esta tarde en la Biblioteca General de Navarra con la colaboración del Ateneo Navarro.