Descendientes de los exiliados republicanos españoles han celebrado en Valparaíso una recreación de la llegada hace ochenta años del  barco Winnipeg, en el que sus mayores arribaron a tierra  chilena. La recreación de aquel momento ha sido festiva porque aquella gesta fue una victoria sobre la muerte y la desesperanza. La historia es sabida: el gobierno de Chile se comprometió a acoger un contingente de expatriados republicanos y el poeta Pablo Neruda tuvo un importante papel en la organización del viaje, que finalmente proporcionó una nueva patria a dos mil doscientos españoles que habían dejado de serlo por la fuerza de las armas. Y dejaron de serlo para siempre, por más que la nostalgia les acompañara hasta el fin de sus días. Ninguna de las banderas exhibidas en la celebración era la actual enseña nacional, como es lógico. En el Winnipeg se fue una parte de nuestra gente y de nuestra historia que la rojigualda no consigue acoger bajo sus ondas, por más constitucional que sea y por más esfuerzos que se hagan desde la sociedad civil, como se dice ahora, para rescatar aquella memoria enterrada.

En el acto de Valparaíso ha pronunciado un discurso la ministra de justicia, doña Dolores Delgado. Un discurso de celebración enfático, entusiasta, que era imposible no ver como un desahogo personal y político. Diríase que los españoles solo podemos decir lo que pensamos en el extranjero, como cuando entonces. En su alocución, ha elogiado que el gobierno chileno de la época entregara a los viajeros del Winnipeg un folleto con el título Chile os acoge que contenía información sobre su patria de acogida y sus derechos como recién llegados. Al oír  a la ministra, es imposible escapar a un ataque de disonancia cognitiva, mientras resuena en la memoria reciente, no hace ni veinte días, la irritada intervención de su correligionario y ministro del mismo gobierno, don Ábalos, contra el salvamento de los náufragos por  el Winnipeg de ahora mismo: me molestan los abanderados de la humanidad.  El discurso de la ministra Delgado era una loa al mundo tal como debe ser, aunque para pronunciarlo haya tenido que irse a la otra punta del espacio y del tiempo, donde y cuando la tragedia migratoria se ha convertido en una leyenda feliz. Aquí y ahora lo que impera es el miedo al efecto llamada, el miedo al ascenso de la extrema derecha xenófoba, el miedo a la delincuencia de los menas, el miedo en general, y la irritación del compañero Ábalos, que no puede dar un discurso sobre el Open Arms como el que ha dado su colega doña Delgado sobre el Winnipeg.