En este agosto de cuerpos derramados en la arena de las playas, estibados en las salas de espera de los aeropuertos y enlatados en los atascos de las autopistas ha vuelto a la atmósfera lingüística el verbo borbonear. La estación es apropiada porque el verbo connota el molesto zumbido de los insectos voladores que acompañan a la siesta. Hay algo de insalubre, además de fastidioso, en este verbo del que, ya lo habrán adivinado, el sujeto es el rey. Borbonear, en la historia española, define la tentación del monarca a inmiscuirse en el funcionamiento de las instituciones parlamentarias para orientar su sentido. Para que un borbón borbonee se necesitan ciertas condiciones ambientales que solo pueden ser activadas por agentes del ecosistema del poder pero externos a la corona, es decir, por políticos que buscan en el rey un suplemento vitamínico a su ineptitud e impericia. En estas condiciones, el rey borbonea naturalmente. En el funcionamiento ordinario del sistema constitucional español, la corona es la guinda del pastel, sin competencia directa en el sabor y textura de la masa, pero tiene encomendada la misión –rutinaria, en tiempos de sosiego- de designar después de las elecciones al cocinero que habrá de hornearla. Pero, ¿qué hace la guinda cuando el pastel se tambalea?
El país vive una crisis de gobernabilidad que ha llevado a los impotentes candidatos a la presidencia del gobierno a buscar en el rey intervenciones que apoyen sus intereses. Lo hizo don Rajoy, lo ha hecho don Sánchez en el último proceso de investidura para el que no tenía mayoría acreditada y lo ha hecho, esta vez de manera más descarada, el pepé al sugerir al monarca que designe un candidato alternativo al jefe de filas del partido que ganó las elecciones, cómo si pudiera hacerlo. El margen de maniobra del monarca es nulo, afortunadamente, pero cualquier gesto o quiebra de su mutismo institucional puede ser interpretado como una sugerencia al borboneo. Así ha sido a propósito de su declaración pidiendo un acuerdo político antes que la convocatoria de nuevas elecciones. A don Sánchez le ha faltado tiempo para entender que el monarca patrocina la democracia plebiscitaria por la cual él sería jefe del gobierno con la abstención de todo cristo.
Los partidos que se disputan la sombrilla real para protegerse ellos mismos de las inclemencias veraniegas son los así llamados constitucionalistas. Y es que hay confianza. A ninguno de los otros partidos del arco parlamentario -separatistas, populistas, republicanos, etcétera- se les ocurriría enredar con un artefacto que básicamente quieren abolir. De modo que este leve borboneo veraniego nos pone más cerca de la crisis del sistema. El rey, como todo hijo de vecino, vela en primer término por su empleo y el porvenir de su familia, y la misión de los partidos constitucionalistas es conseguir una simbiosis entre este legítimo y muy humano interés y la sociedad en su conjunto. Por ahora, los constitucionalistas no están haciendo bien su trabajo, así que flota en el aire un informulado deseo: mójese un poco más, majestad. Borbonee. Ah, qué época la de su emérito padre, que podía ser campechano a tiempo completo porque don González y don Aznar cumplían con su parte del pacto.