Estos días se ha leído y oído esta expresión impactante –sociedad enferma– referida a la sociedad vasca a propósito de los homenajes ofrecidos en dos localidades a sendos sicarios de la banda terrorista eta a su vuelta a casa tras cumplir condena por sus delitos. Eta encanalló a la sociedad vasca (y a la de esta remota provincia subpirenaica, por la parte que nos toca) y la huella de la vergüenza, que estos homenajes reavivan, permanecerá largamente a pesar de los esfuerzos de reparación hacia las víctimas, que deben reconocerse, realizados por las instituciones y la propia sociedad. Los crímenes cometidos por razones políticas tienen partidarios entre gentes que no los han cometido ni lo harían nunca y entra dentro de su lógica que expresen la complicidad con los autores, no importa el daño renovado que hagan a las víctimas, si prevén que no tendrá consecuencias penales. El cuadro general es ese pero, si se acerca el foco al detalle de lo sucedido en esta ocasión, lo que se ve son unos viejos encorvados, de mirada aturdida, que avanzan entre las filas clareadas de un puñado de vecinos que aplauden y portan bengalas bajo las inevitables banderas. Es la historia de una derrota, moral y política. No siempre fue así, sin embargo.
Estas ocurrencias volanderas asaltan al telespectador que asiste a la emisión de la película Caso Murer, El Carnicero de Vilnius. La historia de este jerarca nazi encargado de la explotación y extermino de la población del gueto judío de Vilnius (actual capital del estado báltico de Lituania) se ha publicitado a raíz del estreno de la película. En resumen, el austriaco Franz Murer fue responsable del asesinato de decenas de miles de judíos. Al término de la guerra, fue identificado y capturado por los británicos y entregado a los rusos, que lo condenaron por el asesinato de ciudadanos soviéticos a veinticinco años de prisión. Apenas seis años más tarde, en 1955, cuando los aliados levantaron la ocupación de Austria y el país fue declarado un estado libre e independiente, los soviéticos liberaron a Murer junto con los demás prisioneros austriacos que estaban en su poder con la recomendación de que fuera juzgado en Austria, pero ninguna institución del nuevo estado democrático movió un dedo para importunar al criminal. Fue el cazador de nazis Simon Wiesenthal el que reunió pruebas y testigos y agitó a la opinión púbica internacional para sentarlo en el banquillo. El juicio se celebró en 1963, duró apenas una semana y, a pesar del testimonio de supervivientes del Holocausto que habían sido sus víctimas directas, fue absuelto y nunca más molestado hasta que murió de viejo en su casa tan tarde como 1994. La película de Christian Frosch pone en escena la complicidad y el apoyo que el asesino recibió de la sociedad austriaca, compactada para ocultar el pasado de sus prohombres, incluido el juez, un antiguo nazi, y un titubeante fiscal que actúa por mandato del gobierno de Viena para desactivar la acusación. La absolución del carnicero de Vilnius tiene lugar después del triunfal discurso de su abogado defensor que empieza con un teatral, ¡Austria es libre!, lo que establece una línea de continuidad entre el actual estado de Austria y los crímenes contra la humanidad cometidos por sus próceres. El último gobierno austriaco fue hasta la crisis de mayo pasado una coalición del partido popular, el mismo que maniobró para la absolución de Franz Murer, y la ultraderecha del partido de la libertad, la misma libertad que pregonó el abogado defensor del carnicero de Vilnius.
En 1963, mientras se juzgaba y se absolvía a Franz Murer en la ciudad de Graz y eta ejecutaba sus primeras acciones que entonces se creían heroicas, España era el último paraíso fascista en Europa y en él estaban acogidos tipos perseguidos por la justicia internacional como Otto Skorzeny, Leon Degrelle o el croata Ante Pavelic, por citar a algunos de los más notorios, y veintitantos años después de que Murer falleciera plácidamente en su casa, nuestro presidente don Rajoy alardeaba de haber dedicado cero euros (con el gráfico gesto del círculo que forman los dedos pulgar e índice) a la apertura de las fosas irregulares donde fueron arrojados y aún permanecen los restos de miles de españoles asesinados. Para no mencionar lo que ha venido después. ¿Sociedades enfermas?